lunes, 24 de noviembre de 2014

Aniversarios: La sombra de las horas 3 días gratis en Amazon



Tres años de mi Tiempo con Román y tres años con mis Sombras; en medio estoy: A primeros de octubre de 2011 Román nació y a finales de diciembre del mismo año lo hicieron mis Sombras…

En junio os comenté que este blog se tomaba un respiro, aunque últimamente parece que su corazón late más rápido, de otra forma. Es más un escaparate de lo que os puedo ofrecer que un intercambio, algo que espero algún día volver a retomar, cuando el caprichoso sustantivo que inicia mi título lo permita. No se puede estar a todo… face, twitter, blog, escribir, trabajar… ¡Vamos!, lo de siempre….

Y, también como siempre, un aniversario conlleva una invitación, pues en ello estamos, vuelvo a ofreceros mis Sombras gratis en su formato Kindel, os podéis pasar por Amazon hoy lunes 24 y el martes 25 y miércoles 26. Encantadas estarán de irse con vosotros. Los que ya las conocéis… pues daros por besados… y, sobre todo (y ahora en serio) os vuelvo a dar las gracias por quererlas tanto como me habéis demostrado con vuestros comentarios en estos años y por seguir asomándoos por aquí de vez en cuando.

Y volveros a decir que ahí siguen mis obras inéditas en espera de salir a la luz y cargadas de toda la paciencia del mundo, que no quieren salir a la calle sin estar bien acompañadas. Son así. La vida y la pluma continúan y ojalá que por muchísimos años. Me encanta veros ahí, al otro lado.

¿Os dejo unas líneas de lo que ahora mismo está en fábrica? Por dar pistas, vamos por la página ochenta y con ánimo de seguir y seguir y seguir… Vale, que no, no os preocupéis, que de las cinco mil no paso.


…se sentía hoja caída después de haber intentado por todos los medios mantenerse en el aire, revolotear con el tiempo a su lado, de aliado, sin verse obligada a luchar contra aquellos segundos que tercamente le avisaban de lo efímero del vuelo, de que al final moriría sobre la acera o sobre la carretera, bajo los zapatos de un paseante distraído o arrollada por la goma de cualquier neumático. (…) …una de aquellas hojas que le acababan de explicar la existencia le cegó de repente y le vistió con su ocre y húmedo frío antes de regresar a su leve suicido y caer sobre la zapatilla derecha. La transportó consigo durante los siguientes pasos. Mientras sacudía el pie para deshacerse de ella, de reojo, entendió que la hoja sí podría morir feliz junto a las otras hojas; ahí arriba, en su rama, su ciclo vital lo había cumplido con la mayor de las honestidades. Hasta una simple hoja de árbol era más merecedora de cariño que él. Se disponía a cruzar el paso de cebra cuando una ráfaga de viento vacía de hojas le situó de nuevo en la cita de la tarde.

Y, por último, os dejo con mi Muñeca rota, uno de los destellos de La sombra de las horas, para que no se encelen mis sombras…

¿Puedo quedarme con sus muñecos? Es que los míos ya no me quieren. El otro día le dije a Osito que se tumbase a mi lado y no quiso. Le di un par de azotes y ni lloró. Creo que ya sabía que papá se iba a ir. Esta mañana he querido quitarle la falda a Ratita, como me hacía papá, y se ha enfadado conmigo. Como papá ya no va a jugar con Perrito y Gatita, me los podía quedar yo. ¿Vale, mamá? Y cuando vuelva papá de ese sitio tan raro que me has dicho, se los devuelvo. Te lo prometo.


martes, 11 de noviembre de 2014

Crónica colmenareña: Sobresaltos de Concha Morales



Góngora a D. Antonio Chacón, que desde Colmenar Viejo le había enviado un requesón:

Décima LXI
Este de mimbres vestido,
requesón de Colmenar,
bien le podremos llamar
panal de suero cocido.
A leche y miel me ha sabido:
decidme en otro papel
lo que se confunde en él,
que sin duda alada oveja,
cuando no lanuda abeja,
leche le dieron, y miel.



A principios del siglo XVII Colmenar Viejo se escribía en verso y nada más y nada menos que de la mano de Góngora y su manuscrito Chacón. Y a principios del siglo XXI, de nuevo Colmenar juega con la poesía y nada más y nada menos que con la voz y la presencia de Koncha: Hermana, tu reloj lo ha logrado (Mi reloj pierde el compás, se vuelve loco…) se ha vuelto loco y nos ha fusionado dos épocas, porque si en el Siglo de Oro fue el requesón la excusa para un recuerdo poético de Colmenar, en este siglo XXI han sido tus Sobresaltos los protagonistas. Y yo he tenido la enorme fortuna de estar allí.

Como la luna llena,
redonda y brillante,
como esa luna llena
a la que le gusta leer cartas
en la madrugada.
Como esa luna menguante
que da vueltas y vueltas,
allá arriba,
sobre mi cabeza,
en la esquina preferida
de mi habitación.

Familiares, amigos y colmenareños llenábamos la sala de ese Espacio1000usos que ya se ha hecho un hueco en la vida cultural de Colmenar gracias al entusiasmo y las artes (nunca mejor dicho) de Blanca, Ángela y Pablo, como siempre logrando que todo saliese a la perfección y con una carga de emociones única. Y la música de Daniel, acompañándote.

 
El semáforo en rojo
despeja las calzadas de mi barrio.
 […]
Vallekas, verso libre,
recorre el empedrado de Madrid
con un canto de cigüeñas en los labios.

Tenía que hacer acto de presencia nuestro barrio… También nos diste paso para que pudiésemos cooperar con nuestra lectura en una tarde que dominasteis a la perfección el atril y tú. Hicimos lo que pudimos para no desentonar entre armonía y lírica, deseando terminar nuestra intervención para seguir disfrutando de lo que la tarde fría de otoño colmenareña nos ofrecía, un frío al que no le fue posible traspasar los muros de la sala, le fue imposible luchar contra el calor y el color que allí vivíamos.





El guardián de las sorpresas
no sale de su asombro
cuando desciende el dardo
hasta el abismo donde se cultivan
los sentimientos.

Y tu reloj, hermana, loco de nuevo, hizo que los sesenta minutos de versos Sobresaltados se convirtieran en sesenta segundos, apenas si nos dimos cuenta de que llegaba el final. Parafraseando el penúltimo sobresalto de tu libro, los versos se nos rompieron, se nos rasgaron, se deshicieron entre nuestras manos…


Los sobresaltos allanan
el camino hacia la calle
de la fantasía.
Justo en pleno corazón.

No puedo dejar de nombrar a la editorial que ha vestido tus poemas y los ha lanzado a la calle: Lastura. Una edición muy cuidada y una joven editora, Lidia, que trae una corriente de aire fresco a este nuevo mundo del libro en el que estamos inmersos.



AL ANOCHECER
una lluvia de estrellas fugaces
ha pasado por delante de mis ojos.
Sobre el chopo, alrededor del silencio,

reflejadas en mis manos
como espejos luminosos sin retorno,
las palabras se volvieron cristal,
los recuerdos brotaron al alba,
…y una lluvia de estrellas fugaces
añoró la magia de otras madrugadas.


Espero, esperamos, que nos vuelvas a sobresaltar de nuevo, porque solo se trata de vivir, de encender el sol por la mañana y la luna por la noche, de fabricar un beso cada cinco minutos y regalarlo. No es tan difícil. Gracias, hermana, porque tus sobresaltos nos enseñan el camino…

sábado, 25 de octubre de 2014

Tantas veces

Tantas veces

Tantas veces pensé un poema,
tantas veces mi mano arrugó el papel que escribía
               tu sonrisa
o tus ojos
o tu pelo,
tantas veces mi sueño se durmió con tu imagen,
tantas veces.
Y no he sabido.

Tantas veces, que hoy he guardado la pluma
en un cajón del último mueble de la casa,
en el cuarto del fondo,
donde viven fantasmas cubiertos por las sábanas
                blancas
de nuestros recuerdos.

Yo,
que hasta ahora amaba las palabras,
las repudio, y
he pensado en no pronunciarlas jamás.
Olvidaré la que nombra tu nombre,
la primera,
más tarde, vaciaré de letras las que me hablen de ti.
Acabaré con todas y, entonces,
volveré a por la pluma ya seca e imaginaré
         tu nombre,

Lucía.

domingo, 19 de octubre de 2014

Locos

Locos

Conozco a muchos locos, sí,
de los que piensan que vestirse con trajes
de colores sensatos y acudir a misa,
a la misa de los hijos no bastardos de Dios,
no viene escrito en ningún catálogo.
De los que prefieren cantar o llorar, da igual,
por las calles vacías de la ciudad
cuando los coches apenas compiten
por atropellar a un peatón en los pasos de cebra.
Que usan las horas para hablar de sus cosas
con ellos, con los mismos locos,
y que no conocen al Presidente
o que vomitan al paso de los ramos de flores
con solo un perfume, el de los reyes.
Que tiñen su piel de distintos colores
sin importar la mirada de los cuerdos.
Voy al cine con ellos
y me siento en su misma butaca;
enciendo la radio para escuchar sus programas
de música clásica.
Son locos pequeños, o grandes, o rubios,
y algunos se sientan en los bancos del parque
que un día existió frente al portal de tu casa.
Se esconden desnudos tras el cristal
de la ventana y te miran a los ojos juiciosos
sin escupirte, porque ellos no escupen
como lo haces tú cuando te encuentras con ellos.
Son locos que callan cuando hablas, que ríen cuando ríes,
que besan cuando besas, que hablan cuando callas,
que se sientan descalzos a la mesa
y comen con cubiertos de miel de abejas
sobre manteles de hierba y de flores.
Que cantan canciones de amor
bajo balcones saturados de Julietas.
Visito a menudo sus manicomios y te puedo decir
que conozco a casi todos.
Son locos.

domingo, 12 de octubre de 2014

ByMe PUB de La sombra de las horas



Hoy os dejo con uno de los relatos que os cuento en La sombra de las horas y con el micro que le antecede y se resguarda en él.


NUESTRA PELÍCULA

La de los días de lluvia estaba ahí, sobre la estantería, como si permaneciese escondida esperándome tras los libros que acababa de guardar. Recordé la figura de Clint Eastwood, empapado, esperando a que Meryl Streep se decidiese a salir del coche, y a nosotros en el sofá,  con un nudo en la garganta, expectantes, animándola en silencio a que se fuese con él, sin quitar ojo del televisor. Cuántas tardes lluviosas como esta. La volví a poner y, mientras cerraba la maleta sobre el sofá vacío, Clint, en la pantalla,  arrancaba su coche y, solo, se perdía calle arriba.



 ByMe PUB


 Hay veces en la vida que es mejor callarse. Se lo oía decir a mi padre en muchas ocasiones cuando era un niño. Y me lo repitió unas cuantas veces a lo largo de toda su vida. No era una frase suya, es cierto, es una frase que seguro que todos los hijos han oído decir a sus padres. Pero él era mi padre y esas palabras eran para mí.
Y todas las mañanas me he levantado con la dichosa pregunta de aquella noche dando vueltas a la cabeza. Todas las mañanas que la resaca me lo ha permitido. ¿A qué hora cerráis? Así de simple. Una interrogación que ni el peor novelista utilizaría en la peor de sus novelas. Una interrogación que se dice y se oye millones de veces al día en el supermercado de cualquier ciudad. O en cualquier gasolinera en mitad de cualquier autopista. Es imposible que una pregunta como esta pueda marcar la vida de nadie.
-¿A qué hora cerráis?
Mientras salían esas palabras de mi boca leía, una vez más, el revés de las letras góticas biseladas en el cristal opaco que separaba la última fila de mesas del local con la calle. Una be mayúscula a la derecha, después, a su izquierda, una i griega minúscula, después una eme mayúscula y a continuación una e minúscula. Un mínimo espacio las separaba de otras tres letras mayúsculas y de mayor tamaño, la pe, la u y la be. “ByMe PUB”. Todo ello formando un semicírculo. 
Mi cuerpo giró con el taburete y unas gotas de la copa de ron cayeron sobre el mostrador mientras los cubitos de hielo chocaban entre sí y me dedicaban su helada melodía. Al otro lado de la barra Byron concentraba su atención en elaborar uno de sus exquisitos cócteles. Siempre concluía la noche saboreando uno. Mery contaba los billetes que rebosaban la gaveta de la caja registradora de mediados del siglo pasado que daba un toque de misterio al pretendidamente moderno local. Era una de esas máquinas con manivela a la derecha y cuatro filas de teclas iguales que las de las máquinas de escribir antiguas, de las Olivetti, redondas, planas, con un reborde metálico que cercaba un cristal debajo del cual se escondían las letras blancas sobre el fondo negro y que adornaban su panzudo cuerpo. A mi derecha un caballero con bombín, que no se había quitado en toda la noche, contemplaba los movimientos rápidos de los dedos de Mery sobre los billetes. Al menos eso era lo que parecían enfocar sus vidriosos ojos. Y a mi izquierda el descascarillado mostrador sin una copa sobre él y con una hilera de taburetes vacíos bordeándolo.
A nadie parecía interesarle lo más mínimo contestar a esa pregunta. O quizá es que nadie me había oído, para qué oír una cuestión tan falta de sentido como esa. Yo sabía perfectamente la hora de cierre. Byron y Mery sabían perfectamente que yo sabía la hora de cierre. Y el señor del bombín seguía dando vueltas por su mundo.
-Creo que en cinco minutos.
La voz me llegó por la espalda. Mi estado no me permitía adivinar nada más. Las palabras habían alcanzado mi espalda, pero no sabía de dónde provenían, de cuál de las tres filas de mesas que me separaban de la puerta de entrada al local.
Volví la cabeza y vi una mujer de exagerados y largos rizos cobrizos que caían sobre sus reducidos pechos apenas ocultos por la trasparente blusa, y que hojeaba un periódico de desproporcionadas páginas que descansaba sobre la mesa. Unos grandes labios de recargado tono carmesí competían con unas sonrojadas mejillas. Su espalda no lograba reposar sobre el respaldo de la silla que casi topaba con el cristal que separaba el garito de la calle. “ByMe PUB”. Volví a leerlo.
Todos los días de todo el año terminaba en aquel antro a tomar las últimas copas antes de subir a mi apartamento que me esperaba en el portal de enfrente. Algunas noches, al acabar la jornada laboral, me acompañaba a la primera el oficial; otras, a la segunda, pero hacía más de un mes que se iba directo a su casa.
-Hoy no puedo quedarme, lo siento. A ver si mañana…
Su mujer y su hija eran una razón más que suficiente para que abandonase esa copa que amenazaba con convertirse en costumbre y en un peligro para su estabilidad familiar. A mí no me esperaba nadie, sí, Kafeto, pero él no reparaba en la hora ni en mi estado. Por las noches, al atravesar la puerta, él restregaba su peludo lomo sobre mis pantorrillas y emitía unos tímidos ronroneos antes de volver a su rincón. Llevábamos catorce años de vida en común y de respeto mutuo. Sin compromisos. 
Nunca la había visto por allí, ni siquiera por el barrio, por las cuatro manzanas  que encerraban mi existencia. Mi apartamento al otro lado de la calle, el ByMe y, en la avenida paralela, la oficina. Algún fin se semana visitaba a mi madre en la casa del pueblo donde vivía con mi hermana. En ocasiones salía a un cine del centro con Berta antes de que pasásemos la noche en mi casa. Durante los últimos catorce años eran los únicos que habían compartido conmigo esas cuatro paredes: Kafeto, a todas las horas, y Berta, diez o doce noches al año. Era la primera vez que veía esa cara y estaba seguro que de haberla visto antes la recordaría.
-Nunca te he visto por aquí.
Me senté en la silla y ella recogió el periódico en cuatro pliegues. Mi rodilla se tropezó con la maleta roja de mediano tamaño que nos separaba.
-Acabo de llegar esta tarde a la ciudad. Estaba buscando en el periódico alguna pensión para pasar las primeras noches. ¿Conoces alguna?
Al apagarse las luces de neón del letrero exterior del pub su cabello rizado adquirió un tono distinto, vi que el color cobrizo se había convertido en un perfecto color castaño natural, brillante. La bruñida piel de su cara, tan cerca, dejaba descubrir debajo de aquellas capas de cosméticos una suavidad y una juventud que desde la distancia me había sido imposible adivinar. Hasta sus labios perdieron aquella exageración  que hace un momento aprecié. No lo dudé un instante, ni la hora ni el alcohol me permitieron dudar.
-Pues yo creo que este no es el lugar para una hermosa chica como tú. Yo vivo ahí, en aquel portal, y tengo un sofá cama siempre disponible. Mi gato está ya viejo. Te husmeará un poco y después no te molestará.
-Perdona que haya sido tan directa, pensarás lo peor de mí, pero es que estoy desesperada y, aunque tú no te has fijado, llevo un buen rato aquí, te he observado y me has merecido toda la confianza.
-Pues no deberías fiarte…
Sonreí y ella me correspondió con el abismo de sus negros iris. En ese momento el hombre del bombín pasó a nuestro lado y, antes de desaparecer por la puerta, tropezó con la mesa y terminó de vaciar el escaso ron que aún contenía la copa sobre mis pantalones. El hombre del bombín ni se enteró.
-¡Señores! ¡Hora de que nos vayamos a casa!
Byron hizo un cariñoso gesto solicitándonos clemencia.
-Hasta mañana, chicos.
Cruzamos la calle antes de que nos alcanzase la riada que cada noche fabricaba la estruendosa máquina del Ayuntamiento y subimos al cuarto piso. Todo estaba en perfecto desorden. Mientras Kafeto fiscalizaba a la intrusa yo me encargué de desalojar el sofá y convertirlo en una confortable cama. Esa mañana guardé en el armario un juego de sabanas limpias. Estuvimos en el cine Berta y yo la semana pasada, por lo que no esperaba tener que usar un nuevo juego de sábanas en algún tiempo. Uno hace cosas sin motivo aparente que luego encuentran una razón.
-¿Quieres la última?
Era la pregunta retórica, indispensable. Un buen galán de una buena película en blanco y negro de la época dorada de Hollywood no debe pasar por alto terminar o empezar una conquista con esa propuesta. Y nunca había que temer a la respuesta.
-Llevo un día muy largo y además me tomé una copa en el bar. Mi cabeza no me va a permitir otra. Espero que no te parezca descortés.
Descortés no me pareció, para entonces ya me tenía  a sus pies por completo. Una mujer que en la distancia vi como una buscona más de las que acostumbraba ni siquiera a mirar se había convertido en una preciosa joven con un enigma imposible de descifrar.
Ahora tenía claro que de no soltar yo la innecesaria preguntita ella no habría abierto la boca. Y cuando Byron se dirigiese a echar el cierre, llorando le rogaría, aunque fuese pagando lo que le pidiese, quedarse en su local a pasar la noche. Un ser tan indefenso no se hubiese atrevido a dirigirse a mí sin encontrar una excusa. Yo pasaría a su lado, y quizá tropezaría con su mesa, y quizá la pediría perdón. Pero no habría reparado en ella.
Salió de mi habitación después de cambiar su ropa por un mínimo pijama de verano.
-¿No te importa que me tumbe?
Asentí con la cabeza. Se durmió de inmediato. Su cuerpo fue el mejor antídoto para mi exceso diario de alcohol. Ni diez cafés bien cargados hubiesen hecho el efecto que había conseguido su contemplación. No pude dormir en toda la noche. Ella estaba al otro lado de la puerta y yo no podía traspasar esa barrera. Al atravesar la ventana el primer rayo de sol acabó por vencerme el sueño.
Me sobresalté y miré el reloj. Las dos de la tarde. De un salto casi me presenté en la puerta, la abrí y mis ojos corrieron hacia ella. Sobre el sofá-cama solo quedaban las sabanas arrugadas. Ni rastro de la maleta. Ni de su ropa. Solo su olor.
Kafeto me dio los buenos días. No le extrañó que me levantase a esa hora, era sábado y en otras ocasiones había tardado más en hacerlo. Él no notó alterada para nada su rutina con la compañía que había tenido esa noche. Tampoco podía preguntarle la hora a la que se había ido. En ese momento pensé que ni siquiera sabíamos nuestros nombres. Ojeé el salón buscando una nota, pero no encontré nada.
Esa noche inquirí a Mery por ella, si la habían visto aparecer por allí, o por la calle. La siguiente noche también. Y así todas las noches.
Maldita pregunta, pensé una noche más.
Aquella noche volví a oírla. De la boca del caballero del bombín que se sentaba a mi derecha.
-¿A qué hora cerráis?
Esperé una respuesta a mis espaldas. Sí, tenía que responderle. No me atrevía a escuchar. No me atrevía a volver la vista hacia el final de las tres filas de mesas que me separaban de la puerta de entrada al local. Pero lo hice. Solo vi la silla vacía y un periódico con unas hojas de gran tamaño sobre la mesa.

Y también leí aquellas letras góticas y en semicírculo biseladas en el cristal. “ByMe PUB”.

domingo, 5 de octubre de 2014

La náusea

La náusea


La boca del estómago es muy sabia; dice siempre las verdades que la otra, la que se transforma en labios, no es capaz de expresar. Como que lo que a veces vomita son años y años de inmundicia tolerada, o como que la náusea no es un fenómeno físico: la produce el poderoso que amasa su fortuna con las manos de los parias que ha engendrado. Yo la escucho con frecuencia.

Irma o esa persistente calle de París