Donde todos

Donde todos
A la venta en espacioulises.com

domingo, 25 de enero de 2015

"Aquella mujer" de El dedo índice de mi mano izquierda



Me enamoré de aquella chica, sí, fue un instante, sus ojos, la camiseta de color… No, la camiseta no pudo ser porque no me acuerdo del color... Me enamoré. Estuve a punto de seguirla, de subir tras ella las escaleras mecánicas, de preguntar si quería que llevase la maleta y pidiese el taxi… Pero no hice nada (yo no era de esos), seguí contemplando, apoyadas las manos sobre la barra metálica, a la gente que acercaba hacia mí la pasarela mecánica. No era la primera de la que me enamoraba fugazmente después de tantos años parado ahí, en el inmenso vestíbulo, con la mirada fija en ellos, en esa puerta transparente que se abría y se cerraba de continuo, que me descubría a la familia que llegaba contenta de su viaje (aunque se hubiese acabado), al ejecutivo con la corbata a medio anudar y que con una mano arrastraba el maletín y con la otra mantenía el móvil pegado a la oreja, o a la joven que había dejado sobre la arena de la playa su piel blanca. Después, los abrazos, los besos, las risas del reencuentro con los que hasta hace un momento eran compañeros de espera. Aunque… yo no esperaba, yo vivía. Sí, sus vidas, porque ninguna era mía, algo que ya no tenía la menor importancia para mí, qué más me daba no conocer a ninguno, no abrazarlos, no intercambiar ningún beso. Todas esas bienvenidas eran también mías, no me podían despojar de ellas. Tantos años. Además… ¿con quién?
De siete a nueve de la tarde. Ese era mi horario. Viernes, sábado y domingo. Los demás días de la semana no existían. Ahí estaba yo ese domingo, serían las ocho y media, ya un poco cansado y con ganas de volver a casa, de tomar fuerzas durante la semana para el siguiente viernes. Los dos chavales (parecían demasiado jóvenes),  sus tres maletas y el carro del niño (con el niño dentro). No les recibió nadie. El señor en silla de ruedas acompañado por un empleado de la empresa (o un voluntario, no sé) que le llevaba la maleta y empujaba la silla; parecía su hijo el que le recogió, a mi lado. La mujer (no sabría decir su edad; eso sí, guapa, muy guapa) que levantaba su brazo derecho y agitaba la mano y sonreía. ¿Me sonreía? Miré a mi derecha y a mi izquierda y vi que no había nadie cerca. El señor de la silla de ruedas ya se fue con su hijo… Se acercaba y seguía sonriendo (¿me?). Derecha e izquierda, detrás; nadie. Qué labios. Sus pechos se apretaron contra mí y sus manos acariciaron mi nuca: Hola, te he echado mucho de menos. Me dijo que me había echado mucho de menos. Le dije que yo también, por supuesto, y que la espera había sido eterna. Me dijo que no volvería nunca a separarse de mí y yo contesté que nunca iba a volver a ocurrir. De nuevo busqué sus labios y esta vez los recordé como si hubiese estado unido a ellos toda la vida. Aproveché para acunarme de nuevo en sus pechos. Rodé la maleta (su maleta) y nos dirigimos a la escalera mecánica con las manos apretadas la una a la otra. Entramos en el taxi y no paramos de besarnos hasta que llegamos a mi apartamento. El taxista me dio el cambio y unas palabras que me sonaron a reprobación (o quizá a envidia). Follamos, sí, follamos casi toda la noche. Me desperté antes que ella y me recreé en su espalda cercada por las sábanas. Ya entraba la luz en la alcoba. Preparé los cafés (descafeinados) y esperé en la cocina a que se levantase. Cuatro magdalenas y cuatro rebanadas de pan tostado, un bote de mermelada de naranja amarga y dos zumos de limón. Cómo te acuerdas de mi desayuno. De nuestros desayunos, contesté. Se abrochó la bata y comimos. Magdalena, beso, rebanada, beso. Con sabor a naranja amarga (dulce). Nos vestimos y salimos a pasear por las calles del barrio. Todo está igual (me dijo). Sí, todo continúa igual. ¿Quieres que nos acerquemos al parque? Ella fue la que me llevó. Todas las mañanas (hasta ese día) salía a correr por él con mis deportivas y mi camiseta y pantalón corto. Solo. Nunca paseé con ella por ese parque. ¿Y qué? Borré todo pensamiento inoportuno y hablamos; me dijo que todas las mañanas me he acordado de estos (nuestros) paseos por el parque (nuestro), ¡qué ganas tenía de volver! Le dije que yo también, que no había vuelto por el parque porque no hubiese podido hacerlo sin ella a mi lado. Nos dijimos muchas cosas, muchas, y todas muy cursis. Así debía ser. Paseamos.

Eran las siete de la tarde del domingo, tres semanas más tarde. Salió de la habitación con la maleta. Se desnudó y follamos sobre el sillón. Fue muy rápido. A las siete y media nos montamos en un taxi. A las ocho menos cuarto llegamos a la estación. Yo le dije que nunca había ido al vestíbulo de salidas, que me resultaban muy tristes las despedidas. Nos besamos y nos abrazamos (sus pechos) y la vi marchar hacia la puerta de entrada. Se perdió tras ella. Yo fui hacia el vestíbulo de llegadas y agarré con fuerza la fría barra metálica. Eran casi las ocho. Aún disponía de una hora larga. Suspiré. Y vi abrirse la puerta transparente.

miércoles, 21 de enero de 2015

El dedo índice de mi mano izquierda ya en Kindel Amazon



El dedo índice de mi mano izquierda ya está disponible para descargarlo por 1 euro en su versión digital. En la tienda Kindle Amazon. ¿Qué os puedo decir más de él? Que la mayoría de sus breves historias son inéditas (algunas ya han pasado por el blog) y que esperan no dejaros indiferentes. Y que… 

El dedo índice de la mano izquierda no me hace ni caso. Lo comprobé esta mañana al levantarme. Como uno más de los días que cuesta entender que lo que acabas de vivir no era vida sino sueño, desperté con esa sensación que te obliga a hacer algo que en cinco minutos te hubieses arrepentido de haberlo realizado. Acerqué la yema del dedo a la sien, y disparé. Antes de que el proyectil llegase a su destino el dedo se arrugó, se contrajo hasta cerrarse contra la palma de la mano y me dejó una mínima señal de pólvora sobre ella. Lavé las manos con jabón un par de veces y me refresqué la cara. Ya me había arrepentido y di gracias a que mi dedo había pensado por mí. Había pensado por mí. No lo comprendí. Un dedo (sea el que sea, de las manos o de los pies) siempre hace lo que tu cerebro le ordena. Y no suele dejar rastro de pólvora. Al menos eso era lo que me había ocurrido siempre. 

Porque… 

Un dedo… cómo va a tener vida propia un dedo…

lunes, 19 de enero de 2015

El dedo índice de mi mano izquierda


Mi dedo se ha hecho la cirugía estética antes de nacer... es así... imprevisible... Y también me ha dado permiso para que os escriba a continuación una de sus breves historias...

R.I.P.  

La mañana que se conocieron él se levantó junto al odio que le acompañaba en algunas ocasiones y ni la ducha lograba llevárselo por el sumidero. Ella también sintió ese odio después del café, con el último sorbo amargo. Cada uno salió de su casa como un día más, sin que el destino tuviese la obligación de unirlos, pero la persistencia de la lluvia les obligó a guarecerse en aquella cafetería. Él entró unos instantes antes, aunque pidieron a la vez: a partir de ese momento comprendieron que no estaban hechos el uno para el otro. Por eso les casó dos meses después un juez sordo y mal encarado en un juzgado con goteras y en un día sombrío de invierno. No quisieron tener hijos, pero diez años más tarde cuatro niños chillones y mal educados rodeaban la mesa del comedor. Cuando llegaron los nietos (siempre dijeron que no cuidarían a ninguno) pasaron más tiempo con ellos de lo que lo habían hecho con  sus hijos. Luego, llegó la hora de la residencia: no tuvieron otro remedio que vivir en la misma habitación, era mucho más barato. Murieron el mismo día y a la misma hora. Hoy él ocupa un nicho en el cementerio de su pueblo, en Galicia, y ella está enterrada en la sepultura familiar, en un pueblo de Almería. Por fin descansan en paz.

viernes, 16 de enero de 2015

El dedo índice de mi mano izquierda



Mi dedo me ha dicho que os cuente que pronto, la semana que viene, estará en Amazon. De momento no he logrado más información (a veces se hace el interesante) pero os prometo que en cuanto sepa algo más vengo y os lo chivo...

sábado, 10 de enero de 2015

SER Y NO SER CHARLIE

SER Y NO SER CHARLIE


Cuando veo el video de esos descerebrados fanáticos rematando a sangre fría a un indefenso ser humano tirado en el suelo, me siento Charlie. Cuando veo la foto de la redacción de Charlie con los papeles y la sangre mezclados sobre el suelo del pasillo, me siento Charlie. Cuando oigo o leo las proclamas a favor de la libertad de expresión que los hipócritas dirigentes europeos enarbolan en sus discursos, me cuesta sentirme Charlie como ellos dicen sentirse. Cuando pienso en los miles de muertos que nuestra civilización occidental (en nombre de una presunta libertad que no es la que yo anhelo, de una libertad asesina) esparce por las tierras de países como Siria o Irak, me cuesta ser ese Charlie que coloca la libertad de expresión en el límite del desprecio y la confrontación. Cuando veo algunas viñetas de Charlie yo, que no creo en las religiones (en ninguna), soy incapaz de ser Charlie, aunque siempre tendré claro que contra un lápiz y un papel hay que utilizar métodos (en este caso sí civilizados) que no portan armas: los juzgados. Cuando veo que la xenofobia dice sentirse Charlie yo sí soy Charlie y la expulso de ese sentimiento. Y también me siento Malala, y la niña de Gaza (@Farah_Gazan) que tiene en Twitter una inmensa ventana por la que asomarse a la copia de una libertad a la que nosotros a veces no hacemos ni caso. Y me siento uno de los niños que no hace mucho fueron asesinados en su colegio por los Talibanes. Me cuesta mucho sentirme solo Charlie, porque parece que únicamente lo que ocurre en nuestro privilegiado suelo de Occidente tiene importancia, que las masacres que ocurren a cada instante en el otro mundo (de las cuales somos culpables en gran medida) tienen que existir para que nosotros sigamos viviendo dentro de nuestra burbuja (ahora algo contaminada). Me cuesta ser Charlie al cien por cien.