domingo, 25 de enero de 2015

"Aquella mujer" de El dedo índice de mi mano izquierda



Me enamoré de aquella chica, sí, fue un instante, sus ojos, la camiseta de color… No, la camiseta no pudo ser porque no me acuerdo del color... Me enamoré. Estuve a punto de seguirla, de subir tras ella las escaleras mecánicas, de preguntar si quería que llevase la maleta y pidiese el taxi… Pero no hice nada (yo no era de esos), seguí contemplando, apoyadas las manos sobre la barra metálica, a la gente que acercaba hacia mí la pasarela mecánica. No era la primera de la que me enamoraba fugazmente después de tantos años parado ahí, en el inmenso vestíbulo, con la mirada fija en ellos, en esa puerta transparente que se abría y se cerraba de continuo, que me descubría a la familia que llegaba contenta de su viaje (aunque se hubiese acabado), al ejecutivo con la corbata a medio anudar y que con una mano arrastraba el maletín y con la otra mantenía el móvil pegado a la oreja, o a la joven que había dejado sobre la arena de la playa su piel blanca. Después, los abrazos, los besos, las risas del reencuentro con los que hasta hace un momento eran compañeros de espera. Aunque… yo no esperaba, yo vivía. Sí, sus vidas, porque ninguna era mía, algo que ya no tenía la menor importancia para mí, qué más me daba no conocer a ninguno, no abrazarlos, no intercambiar ningún beso. Todas esas bienvenidas eran también mías, no me podían despojar de ellas. Tantos años. Además… ¿con quién?
De siete a nueve de la tarde. Ese era mi horario. Viernes, sábado y domingo. Los demás días de la semana no existían. Ahí estaba yo ese domingo, serían las ocho y media, ya un poco cansado y con ganas de volver a casa, de tomar fuerzas durante la semana para el siguiente viernes. Los dos chavales (parecían demasiado jóvenes),  sus tres maletas y el carro del niño (con el niño dentro). No les recibió nadie. El señor en silla de ruedas acompañado por un empleado de la empresa (o un voluntario, no sé) que le llevaba la maleta y empujaba la silla; parecía su hijo el que le recogió, a mi lado. La mujer (no sabría decir su edad; eso sí, guapa, muy guapa) que levantaba su brazo derecho y agitaba la mano y sonreía. ¿Me sonreía? Miré a mi derecha y a mi izquierda y vi que no había nadie cerca. El señor de la silla de ruedas ya se fue con su hijo… Se acercaba y seguía sonriendo (¿me?). Derecha e izquierda, detrás; nadie. Qué labios. Sus pechos se apretaron contra mí y sus manos acariciaron mi nuca: Hola, te he echado mucho de menos. Me dijo que me había echado mucho de menos. Le dije que yo también, por supuesto, y que la espera había sido eterna. Me dijo que no volvería nunca a separarse de mí y yo contesté que nunca iba a volver a ocurrir. De nuevo busqué sus labios y esta vez los recordé como si hubiese estado unido a ellos toda la vida. Aproveché para acunarme de nuevo en sus pechos. Rodé la maleta (su maleta) y nos dirigimos a la escalera mecánica con las manos apretadas la una a la otra. Entramos en el taxi y no paramos de besarnos hasta que llegamos a mi apartamento. El taxista me dio el cambio y unas palabras que me sonaron a reprobación (o quizá a envidia). Follamos, sí, follamos casi toda la noche. Me desperté antes que ella y me recreé en su espalda cercada por las sábanas. Ya entraba la luz en la alcoba. Preparé los cafés (descafeinados) y esperé en la cocina a que se levantase. Cuatro magdalenas y cuatro rebanadas de pan tostado, un bote de mermelada de naranja amarga y dos zumos de limón. Cómo te acuerdas de mi desayuno. De nuestros desayunos, contesté. Se abrochó la bata y comimos. Magdalena, beso, rebanada, beso. Con sabor a naranja amarga (dulce). Nos vestimos y salimos a pasear por las calles del barrio. Todo está igual (me dijo). Sí, todo continúa igual. ¿Quieres que nos acerquemos al parque? Ella fue la que me llevó. Todas las mañanas (hasta ese día) salía a correr por él con mis deportivas y mi camiseta y pantalón corto. Solo. Nunca paseé con ella por ese parque. ¿Y qué? Borré todo pensamiento inoportuno y hablamos; me dijo que todas las mañanas me he acordado de estos (nuestros) paseos por el parque (nuestro), ¡qué ganas tenía de volver! Le dije que yo también, que no había vuelto por el parque porque no hubiese podido hacerlo sin ella a mi lado. Nos dijimos muchas cosas, muchas, y todas muy cursis. Así debía ser. Paseamos.

Eran las siete de la tarde del domingo, tres semanas más tarde. Salió de la habitación con la maleta. Se desnudó y follamos sobre el sillón. Fue muy rápido. A las siete y media nos montamos en un taxi. A las ocho menos cuarto llegamos a la estación. Yo le dije que nunca había ido al vestíbulo de salidas, que me resultaban muy tristes las despedidas. Nos besamos y nos abrazamos (sus pechos) y la vi marchar hacia la puerta de entrada. Se perdió tras ella. Yo fui hacia el vestíbulo de llegadas y agarré con fuerza la fría barra metálica. Eran casi las ocho. Aún disponía de una hora larga. Suspiré. Y vi abrirse la puerta transparente.

miércoles, 21 de enero de 2015

El dedo índice de mi mano izquierda ya en Kindel Amazon



El dedo índice de mi mano izquierda ya está disponible para descargarlo por 1 euro en su versión digital. En la tienda Kindle Amazon. ¿Qué os puedo decir más de él? Que la mayoría de sus breves historias son inéditas (algunas ya han pasado por el blog) y que esperan no dejaros indiferentes. Y que… 

El dedo índice de la mano izquierda no me hace ni caso. Lo comprobé esta mañana al levantarme. Como uno más de los días que cuesta entender que lo que acabas de vivir no era vida sino sueño, desperté con esa sensación que te obliga a hacer algo que en cinco minutos te hubieses arrepentido de haberlo realizado. Acerqué la yema del dedo a la sien, y disparé. Antes de que el proyectil llegase a su destino el dedo se arrugó, se contrajo hasta cerrarse contra la palma de la mano y me dejó una mínima señal de pólvora sobre ella. Lavé las manos con jabón un par de veces y me refresqué la cara. Ya me había arrepentido y di gracias a que mi dedo había pensado por mí. Había pensado por mí. No lo comprendí. Un dedo (sea el que sea, de las manos o de los pies) siempre hace lo que tu cerebro le ordena. Y no suele dejar rastro de pólvora. Al menos eso era lo que me había ocurrido siempre. 

Porque… 

Un dedo… cómo va a tener vida propia un dedo…

lunes, 19 de enero de 2015

El dedo índice de mi mano izquierda


Mi dedo se ha hecho la cirugía estética antes de nacer... es así... imprevisible... Y también me ha dado permiso para que os escriba a continuación una de sus breves historias...

R.I.P.  

La mañana que se conocieron él se levantó junto al odio que le acompañaba en algunas ocasiones y ni la ducha lograba llevárselo por el sumidero. Ella también sintió ese odio después del café, con el último sorbo amargo. Cada uno salió de su casa como un día más, sin que el destino tuviese la obligación de unirlos, pero la persistencia de la lluvia les obligó a guarecerse en aquella cafetería. Él entró unos instantes antes, aunque pidieron a la vez: a partir de ese momento comprendieron que no estaban hechos el uno para el otro. Por eso les casó dos meses después un juez sordo y mal encarado en un juzgado con goteras y en un día sombrío de invierno. No quisieron tener hijos, pero diez años más tarde cuatro niños chillones y mal educados rodeaban la mesa del comedor. Cuando llegaron los nietos (siempre dijeron que no cuidarían a ninguno) pasaron más tiempo con ellos de lo que lo habían hecho con  sus hijos. Luego, llegó la hora de la residencia: no tuvieron otro remedio que vivir en la misma habitación, era mucho más barato. Murieron el mismo día y a la misma hora. Hoy él ocupa un nicho en el cementerio de su pueblo, en Galicia, y ella está enterrada en la sepultura familiar, en un pueblo de Almería. Por fin descansan en paz.

viernes, 16 de enero de 2015

El dedo índice de mi mano izquierda



Mi dedo me ha dicho que os cuente que pronto, la semana que viene, estará en Amazon. De momento no he logrado más información (a veces se hace el interesante) pero os prometo que en cuanto sepa algo más vengo y os lo chivo...

sábado, 10 de enero de 2015

SER Y NO SER CHARLIE

SER Y NO SER CHARLIE


Cuando veo el video de esos descerebrados fanáticos rematando a sangre fría a un indefenso ser humano tirado en el suelo, me siento Charlie. Cuando veo la foto de la redacción de Charlie con los papeles y la sangre mezclados sobre el suelo del pasillo, me siento Charlie. Cuando oigo o leo las proclamas a favor de la libertad de expresión que los hipócritas dirigentes europeos enarbolan en sus discursos, me cuesta sentirme Charlie como ellos dicen sentirse. Cuando pienso en los miles de muertos que nuestra civilización occidental (en nombre de una presunta libertad que no es la que yo anhelo, de una libertad asesina) esparce por las tierras de países como Siria o Irak, me cuesta ser ese Charlie que coloca la libertad de expresión en el límite del desprecio y la confrontación. Cuando veo algunas viñetas de Charlie yo, que no creo en las religiones (en ninguna), soy incapaz de ser Charlie, aunque siempre tendré claro que contra un lápiz y un papel hay que utilizar métodos (en este caso sí civilizados) que no portan armas: los juzgados. Cuando veo que la xenofobia dice sentirse Charlie yo sí soy Charlie y la expulso de ese sentimiento. Y también me siento Malala, y la niña de Gaza (@Farah_Gazan) que tiene en Twitter una inmensa ventana por la que asomarse a la copia de una libertad a la que nosotros a veces no hacemos ni caso. Y me siento uno de los niños que no hace mucho fueron asesinados en su colegio por los Talibanes. Me cuesta mucho sentirme solo Charlie, porque parece que únicamente lo que ocurre en nuestro privilegiado suelo de Occidente tiene importancia, que las masacres que ocurren a cada instante en el otro mundo (de las cuales somos culpables en gran medida) tienen que existir para que nosotros sigamos viviendo dentro de nuestra burbuja (ahora algo contaminada). Me cuesta ser Charlie al cien por cien. 

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Quizá hombres de nariz de zanahoria


Hablaban de un color blanco de cristales minúsculos helados, de quizá hombres de nariz de zanahoria, de magos que convertían sus pañuelos en pelotas de trapo, de cánticos alegres en noches de vigilia, de mesas saturadas, de sonido, de ruido, de eco, de luces voladoras. Escuchaba (siempre escuchaba) y miraba. Sentado alrededor de las mesas (entre ellos) contemplaba las luces, los magos, el color… Cambió su nariz por una zanahoria y esperó a que el sol derritiese los minúsculos cristales. Feliz.

viernes, 5 de diciembre de 2014

He visto a los peces del Sena



He visto a los peces del Sena
subir una a una, desde su lecho, las piedras de Notre Dame
y construirla de nuevo sobre la tez del río.
¿O acaso los ríos no sueñan ni amanecen?

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Ajenos


Distraídos, serenos, dueños de la impunidad,
como si no quisieran nada de ti,
hacen malabares sobre el filo de un instante,
ausentes, incapaces de mirarte a los ojos.

Distraídos, serenos, dueños de la impunidad,
tarde o temprano dominarán
el segundo que creíste ganado,
el segundo antes de mesarte los cabellos
y esparcirlos por el aturdido viento de la noche,
junto al sueño deshecho.

Distraídos, serenos, dueños de la impunidad,
ajenos a nada y a todo, letales. Y tuyos.
Porque tú los creaste,
porque fuiste el culpable de que un dios ateo
engendrase en tu mente la simiente del caos
que ahora mece tu alma.

Distraídos, serenos,

dueños de la impunidad.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Psicoanálisis

Psicoanálisis

Hará un par de horas que inicié mi autopsia. La primera incisión, con ese humo espeso y negro que salió de los pulmones, casi me obliga a desistir. Más tarde, cuando se disipó, encontré junto al hígado algo que me pareció una onza de chocolate, puro (eso sí), noventa por ciento de cacao. Entre la quinta y la sexta vértebras creí ver algún famoso; los flashes me cegaron y me resultó imposible averiguar de quién podría tratarse antes de que desapareciese tras el cartílago. Al llegar al corazón comprobé que lo tenía agujereado por completo (lógico), aunque solo apareció una flecha cerca de él; las demás las localicé bastante más abajo, apiñadas en el interior de la próstata. Lo de mi ex en el estómago, me lo temía: hace noches que me acuesto con ardor.

No me cabe la menor duda de que lograré averiguar las causas exactas de mi fallecimiento, pero ahora me siento muy cansado y empiezo a oler un poco mal, prefiero guardarme en el frigorífico. Mañana continúo.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Aniversarios: La sombra de las horas 3 días gratis en Amazon



Tres años de mi Tiempo con Román y tres años con mis Sombras; en medio estoy: A primeros de octubre de 2011 Román nació y a finales de diciembre del mismo año lo hicieron mis Sombras…

En junio os comenté que este blog se tomaba un respiro, aunque últimamente parece que su corazón late más rápido, de otra forma. Es más un escaparate de lo que os puedo ofrecer que un intercambio, algo que espero algún día volver a retomar, cuando el caprichoso sustantivo que inicia mi título lo permita. No se puede estar a todo… face, twitter, blog, escribir, trabajar… ¡Vamos!, lo de siempre….

Y, también como siempre, un aniversario conlleva una invitación, pues en ello estamos, vuelvo a ofreceros mis Sombras gratis en su formato Kindel, os podéis pasar por Amazon hoy lunes 24 y el martes 25 y miércoles 26. Encantadas estarán de irse con vosotros. Los que ya las conocéis… pues daros por besados… y, sobre todo (y ahora en serio) os vuelvo a dar las gracias por quererlas tanto como me habéis demostrado con vuestros comentarios en estos años y por seguir asomándoos por aquí de vez en cuando.

Y volveros a decir que ahí siguen mis obras inéditas en espera de salir a la luz y cargadas de toda la paciencia del mundo, que no quieren salir a la calle sin estar bien acompañadas. Son así. La vida y la pluma continúan y ojalá que por muchísimos años. Me encanta veros ahí, al otro lado.

¿Os dejo unas líneas de lo que ahora mismo está en fábrica? Por dar pistas, vamos por la página ochenta y con ánimo de seguir y seguir y seguir… Vale, que no, no os preocupéis, que de las cinco mil no paso.


…se sentía hoja caída después de haber intentado por todos los medios mantenerse en el aire, revolotear con el tiempo a su lado, de aliado, sin verse obligada a luchar contra aquellos segundos que tercamente le avisaban de lo efímero del vuelo, de que al final moriría sobre la acera o sobre la carretera, bajo los zapatos de un paseante distraído o arrollada por la goma de cualquier neumático. (…) …una de aquellas hojas que le acababan de explicar la existencia le cegó de repente y le vistió con su ocre y húmedo frío antes de regresar a su leve suicido y caer sobre la zapatilla derecha. La transportó consigo durante los siguientes pasos. Mientras sacudía el pie para deshacerse de ella, de reojo, entendió que la hoja sí podría morir feliz junto a las otras hojas; ahí arriba, en su rama, su ciclo vital lo había cumplido con la mayor de las honestidades. Hasta una simple hoja de árbol era más merecedora de cariño que él. Se disponía a cruzar el paso de cebra cuando una ráfaga de viento vacía de hojas le situó de nuevo en la cita de la tarde.

Y, por último, os dejo con mi Muñeca rota, uno de los destellos de La sombra de las horas, para que no se encelen mis sombras…

¿Puedo quedarme con sus muñecos? Es que los míos ya no me quieren. El otro día le dije a Osito que se tumbase a mi lado y no quiso. Le di un par de azotes y ni lloró. Creo que ya sabía que papá se iba a ir. Esta mañana he querido quitarle la falda a Ratita, como me hacía papá, y se ha enfadado conmigo. Como papá ya no va a jugar con Perrito y Gatita, me los podía quedar yo. ¿Vale, mamá? Y cuando vuelva papá de ese sitio tan raro que me has dicho, se los devuelvo. Te lo prometo.


domingo, 16 de noviembre de 2014

París, de Un mañana para Alicia.



Os dejo con el relato que escribí para la Antología solidaria Un mañana para Alicia, en la que nos reunimos en su día dieciséis autores con el único fin de ayudar a que los padres de Alicia pudiesen sufragar los gastos de la terapia que tiene que seguir su hija. Todo esto se explicó en su día y lo único que quería deciros es que siguen necesitando ayuda y las iniciativas que llevan a cabo las tenéis en facebook (https://www.facebook.com/pages/El-Sue%C3%B1o-de-Alicia/535412519835342) y en el blog Todos por un sueño (http://elsuenodealicia.blogspot.com.es/).  Nuestro libro sigue a la venta y podéis leer la última y excepcional reseña publicada por Cay en Ciao (http://www.ciao.es/Un_Manana_para_Alicia_VV_AA__Opinion_2222523). Os recomiendo que la leáis y os animéis a conocer todos los relatos. 


PARÍS


Parecían kamikazes. Aguardaban ahí arriba, escondidos, solo se dejaban ver dos. Expectantes. Quietos. Me fijé en ellos. Regresaban a su guarida. Sentado, intenté no perderlos de vista. Me resultaba tan curioso. Allí, sobre el tejado de la última tienda. Creo recordar que era de alquiler de coches. Su pequeña cabeza giraba con ese movimiento rápido, nervioso, característico. Quietos. Los dos. Vigilantes. El chirriante ruido de unas patas metálicas sobre el suelo hizo girar mi cabeza hacia el lado contrario. Un turista —no cabía la menor duda de que no era nativo—, se levantó y arrastró la silla unos instantes, los justos para hacerme desviar la atención. Rodó la maleta que le acompañaba y se dirigió al andén. Mis ojos, por puro instinto, le siguieron. Le siguieron hasta que un gorrión dejó el extremo de su ala sobre mi nariz. Otro, removió mi flequillo. Eran ellos. Sus mínimos cuerpos silbaron en mis oídos. ¿Diez? ¿Veinte? De un momento a otro, Tippi Hedren y Rod Taylor pasarían por delante de mí, huyendo, asustados. Y detrás, más pájaros.
—Hitchcock. ¿Verdad?
La voz me llegó de la mesa de al lado. Una mujer de una edad indefinida, pero que aparentaba acumular mucha vida en sus bolsillos, fue la que me habló.
—Perdón. Su expresión le delató. Llevo un buen rato aquí sentada y los he observado en todo momento. Es lo que parece, que este sea un nuevo rodaje del maestro Hitchcock. O que ellos también conozcan la película y estén rememorando a sus antepasados. No crea, algo de susto dan. A mí también. En cuanto alguien deja vacía una mesa, los dos cabecillas abren mínimamente el pico y se abalanzan hacia ella. Y detrás, la bandada. El escuadrón oculto. Es una pena, la mayoría de las veces su recompensa es exigua. Unas servilletas arrugadas, un sobrecito de azúcar completamente vacío o un envoltorio de chocolatina a la que ya no le queda ni el perfume.
Paró de hablar. Nos quedamos un instante suspendidos sobre nuestras miradas. Yo aún no tenía claro qué sucedía. Fue todo tan rápido. El desagradable ruido, el turista incorporándose, los pájaros, la mujer. Podría jurar que cuando me senté no había nadie en esa mesa, que la silla de mi derecha estaba vacía. La mujer del cabello rubio, más amarillo que rubio, recogido con un pañuelo que permitía ver una corta coleta, me hablaba como si llevase allí un buen rato; desde luego, más tiempo que yo.
—¡No! No tiene por qué pedirme perdón. En absoluto. Ha adivinado usted mis pensamientos. Todavía estoy esperando el «¡Corten!»
El movimiento de mis brazos y mi muñeca derecha simularon el cerrar de la claqueta. Creo que hasta de mi boca salió un leve chasquido. Su sonrisa, casi convertida en risa, alejó de mí toda intranquilidad. Olvidé pensar si ella estaba allí a mi llegada o no. Olvidé el retorno de los gorriones a su posición de partida, en espera de nuevas incursiones. Incluso olvidé que en menos de una hora subiría al tren que me devolvía a la realidad.
—Yo también estoy esperando el tren-hotel para Madrid. Oí que preguntaba usted por él al camarero antes de sentarse. Nos queda una larga noche por delante. Larga, y espero que agradable.
No era la primera vez que viajaba en ese tren. Es más, todos los años, desde hace no menos de una docena, intentaba no faltar a la cita con las orillas del Sena, con sus puentes, con su Île de la Cité, con esa ciudad que desde la primera vez que puse un pie sobre sus aceras me prohibió olvidarla. Olvidarla y abandonarla. Hicimos un pacto. En esta ocasión había viajado solo. Mi amigo Françoise me tenía reservada una habitación en su piso de la Rue de Montmartre. Un par de meses no habían sido suficientes para saciar mi apetito, pero no era posible alargarlo más. Volvía con una gran cantidad de material para pulir. Si alguien abriese mi maleta pensaría que mi única vestimenta eran esos grandes cuadernos con sus hojas repletas de bosquejos, de dibujos ya acabados, de colores. La llevaba a ella conmigo. Y cuatro camisas, dos pantalones y la ropa interior. No necesitaba más. Ya encontraría en mi casa de Madrid los atuendos de un hombre normal. Mis disfraces de los próximos meses.
Su enorme pezuña reposaba sobre el muslo de ella. Peludo. Muy peludo. ¿Tampoco estaba allí? Apenas enseñaba sus ojos. Un cuerpo en el que no se adivinaba apéndice alguno hacia su final. Enorme. Casi un metro sobre el suelo alcanzaba su lomo.
—Se llama Diana. Es inglesa. La raza: Bobtail. Ella viene, y nació, de la misma tierra que partí hace ya un tiempo, que casi ni se deja contar. Es muy buena. Aunque la vea tan grande, es incapaz de hacer daño a nadie. Hasta los chihuahuas le ladran.
La insistencia sobre su dueña le hizo encontrar la recompensa. Una galleta en forma de hueso desapareció con rapidez en su boca. Se tumbó y pareció desconectar de nuestra presencia.
—No sé qué sería de mí sin ella.
La monótona y exasperante música de la máquina que acompañaba a la de las monedas rebotando sobre la bandeja metálica me hizo perder las siguientes frases que la mujer me dirigió.
—No lo soporto. Deberían prohibir estas infernales máquinas. No solo por la esclavitud a la que someten a la gente que atrapan, sino por la desesperación que causa su continuo machacar sobre los oídos. Me ha hecho perder el hilo de la conversación. Perdón…
—Nada, no se preocupe. Solo estaba ayudando, con mis historias también monótonas, a aumentar su desesperación.
Sobre su última palabra, los altavoces de la estación anunciaron el andén desde el que partiría nuestro tren. Nos incorporamos a la vez. Tantos años de espera en las estaciones incrustan en nuestros cuerpos muelles que funcionan en perfecta sincronía con los demás pasajeros. Y, en este caso, también con la bandada de kamikazes que, de nuevo, emprendieron el ataque hacia las mesas. Aunque en esta ocasión les iba a resultar muy difícil acertar con la estrategia: todas se quedaron vacías a la vez. Parece que nuestro tren iría completo.
Un sándwich que enseñaba su lengua de queso fundido y un bote de cerveza me sirvieron de cena en la barra del vagón cafetería. El descafeinado bien caliente y la distendida charla con un viajero que iba a pasar toda la noche medio tumbado en los asientos súper reclinables del último vagón, me encaminaron a la puerta de mi compartimento.
—Que pases buena noche. Afortunadamente, tienes pocos años y los huesos y tu cuerpo aún soportarán toda una noche en esos asientos. Con tu edad he dormido en peores sitios. Pero… no se trata de darte lecciones, amigo. Mañana nos vemos en el desayuno.
Se despidió con una sonrisa y desapareció por el final del vagón. Introduje la llave. Tenía ganas de encontrarme con la cómoda litera. En un vaivén algo más brusco que los habituales, la puerta de al lado se abrió dejando una mínima rendija por la que pude reconocer su pezuña sobre el suelo. Era de Diana, no lo dudé. Mi rapidez y el mínimo equipaje que transportaba me permitieron acceder al tren mucho antes que ellas, y no las volví a ver. ¿Cómo era posible no haber oído cuándo entraron? Quizá fue durante el tiempo que permanecí con la puerta cerrada. El ruido del tren camufla todos los sonidos. Además, recordé que al salir hacia la cafetería la puerta de su compartimento no estaba abierta.
—Pasa, si no estás muy cansado podemos charlar un momento.
Era una voz femenina la que había salido de allí, pero no era la de la mujer. Entonaba una melodía distinta y su suavidad me recordaba la adolescencia, la de una niña de poco más de catorce años. Diana debió de incorporarse sobre sus patas delanteras y, al hacerlo, liberó la puerta, que se abrió de par en par. Me acerqué. No había nadie más. Ni rastro de la mujer del cabello más amarillo que rubio. La perra, sentada, recostado el lomo sobre la ventanilla, parecía esperarme.
—Pasa. No te asustes. Solo quiero hablar contigo.
Entré. Cerré la puerta. Me fijé en que las literas no estaban aún bajadas. Dos cómodos asientos, situados a mi derecha, escondían las camas. Me senté. No dejé de mirar al animal a los ojos. Comprendí que me hablaba a través de ellos.
—Te resulta extraño, ¿verdad?
Balbuceé.
—Sí.
Asentí con la cabeza. Apenas debió de oírse mi afirmación. Carraspeé ligeramente y me atreví a preguntar.
—¿Dónde está tu dueña?
—¡Mi dueña! ¡Oh! Mi dueña… Vosotros, los humanos, nunca cambiaréis. Mi dueña. Yo no pertenezco a nadie, ni ella me tiene en propiedad. Mi dueña. Mi piso. Mi coche. Mi mujer… No sabéis vivir sin pensar en que algo es vuestro, solo vuestro, os pertenece y nadie puede osar siquiera pensar en ello. Lo guardáis de los demás, lo vigiláis. Os da miedo perderlo, que os lo roben. Que tu chica se enamore de otro. Es tuya. Solo tuya.
Estaba acostumbrado a hablar con mis cuadros. Incluso con los pinceles. Los colores, a veces, parecían decirme: «¡No! ¡No! ¿Cómo vas a situarme ahí, al lado del amarillo? ¿No ves que quedamos horribles el uno junto al otro?» Pero, en todo momento, era yo el que emitía esos sonidos, era mi voz la que jugaba con mi cerebro; la reconocía a la perfección. Ahora no. Ahora era ese perro el que me estaba hablando. Sin voz.
—¿Algún día os daréis cuenta de que nadie es de nadie? Lo dudo… Cuando te vimos allí, en la estación, pensamos que tú eras distinto, que no eras como los demás. Un hombre solitario, pero no huraño. Solitario por necesidad; por necesidad de encontrar la obra definitiva, la que diese sentido a tu existencia. Los colores perfectos, las líneas perfectas. Y eso solo lo podías encontrar en aquella ciudad. París y tú. El Sena y tú. Las torres de Notre Dame y tú. Solos. Llevábamos siguiéndote desde el día que tu tren de ida te dejó allí. Desde la primera mañana que, aún entre la bruma que nos concedía el río, emborronabas con tus lápices las hojas del cuaderno recién estrenado. Nosotras paseábamos por la orilla opuesta. Ni te fijaste. Tus ojos se clavaron en aquella mujer que paseaba a ese perro gigante y tu mano la dibujó en el papel. Ahí estaremos, en tu compartimento, entre tus dibujos. Pero ahora sé que no nos viste. Como en las escaleras que mueren en la cima sobre la que reposa la Basílica del Sacré Coeur. O sentadas en una de las terrazas de cualquier bulevar, permitiendo a la vida caminar tranquila delante de nosotras, disfrutando de las parejas que pasean cogidas de la mano o sufriendo por el ejecutivo que, enfundado en su traje, corre hacia su presente con la certeza de que nunca logrará alcanzarlo.
Escuchaba con atención mientras sus ojos no paraban de hablarme. Su tono, entre enfadado y dolido, se clavaba en mis oídos y parecía hipnotizarme. Quería responder, decir algo: «No, eso no es así, seguro, ahora recuerdo esas imágenes, no solo las tengo guardadas entre las tapas de mis cuadernos, las recuerdo, os recuerdo. Sí, he vivido con vosotras todos estos días. Os he acompañado en vuestros paseos por las aceras de la ciudad. Habéis estado conmigo en los jardines contemplando las pequeñas barquichuelas que navegaban por los estanques, llevadas por la imaginación de los niños. Hemos cerrado los ojos para dirigirlos al incipiente sol que deseaba acariciar nuestras mejillas. Sí, yo también he oído los pasos de la vida al caminar despacio frente a mí.»
Por un momento el silencio se apoderó de la estancia, sus ojos callaron. Fue solo un momento.
—Ahora he sido yo la que he caído en la trampa. La trampa de las palabras. De su significado. Tú también tienes derecho a utilizar esas palabras. Aunque me gustaría que tuvieses más cuidado. Perdona. Sé que todo lo que me quieres contestar es verdad. Lo sé. No hace falta que de tu garganta surjan los sonidos. Tienes toda la razón. No he sido justa.
Su cuerpo fue cediendo hasta descansar sobre el suelo. Cerró los ojos y guardó el hocico entre sus patas. Dejé de pensar. Me incorporé despacio y agarré el pomo de la puerta, la abrí y salí al pasillo. Contemplé el estrecho espacio entre las ventanillas y las puertas de los compartimentos, todas cerradas. Ningún ruido derrotaba al del traqueteo del tren sobre los raíles.
Ni siquiera volví la vista antes de regresar a mi compartimento. La litera, extendida, me aguardaba. Me fui desnudando, con pausa, intentado asimilar lo sucedido. Dos meses de dedicación exclusiva a la pintura, sin apenas relacionarme con alguien más allá de plasmarlo, a mi manera, sobre el papel, me había dejado en ese estado que ni yo mismo entendía. Hablando con un perro. Y, lo peor, él me hablaba a mí, me regañaba a mí, me pedía perdón a mí. Terminé de subirme los pantalones del pijama y abrí la cama. No sería necesaria la manta que, doblada a los pies de la litera, me impediría estirar las piernas entre las sábanas. La recogí y la eché sobre la maleta. La maleta. Ahí estaban mis cuadernos. Ahí estarían ellas. Diana y la mujer del cabello más amarillo que rubio.
Esparcí sobre la cama todos los cuadernos. Abrí el primero. Paisajes. Monumentos. El Louvre visto desde distintas perspectivas. La incongruente pirámide acristalada. El Arco del Carrusel. Los jardines de las Tullerías. El césped. La gente tumbada sobre él. Los bancos repletos de personas. Los caminos de tierra. El estanque con sus barquitos flotando. Y ellas. Las calles de París. La Ópera. Los rincones más escondidos. Las iglesias. Y ellas. El río. Los puentes. Los teatros. Y ellas. Diana y la mujer del cabello más amarillo que rubio. Como un punto en la lejanía o en un primer plano dibujado hasta el más mínimo detalle.
Recogí los cuadernos y los guardé de nuevo en la maleta. Estiré la sábana que había quedado totalmente arrugada en los bajos de la cama, me tumbé sobre ella y apagué la luz. Cerré los ojos y la mente.
Cuando el interventor llamó a la puerta para devolverme el pasaporte, me encontró totalmente vestido y ya dispuesto para la última parada del tren.
—No ha desayunado usted. Si quiere un café todavía le da tiempo. Vamos con un cuarto de hora de retraso.
—No, muchas gracias. Prefiero esperar a llegar a mi casa. Tengo ganas de un café preparado por mi cafetera. Después de tantos días fuera, uno prefiere encontrarse cuanto antes con la rutina.
Asintió con una mueca que intentaba ser una sonrisa y se encaminó al siguiente compartimento con otro pasaporte en la mano. Era el de ellas. Pasó de largo y llamó al que estaba a continuación. Una mano que surgía de la manga de un pijama recogió la documentación mientras escuchaba la misma cantinela que yo hace unos instantes. Continuó hacia el final del pasillo.
—¡Perdone!
El interventor volvió la cabeza.
—La señora y el perro que estaban en este compartimento —señalé al contiguo al mío—, ¿se han bajado en alguna estación del camino?
La expresión de extrañeza de su cara fue seguida de unas parcas palabras.
—En ese departamento no ha viajado nadie, señor.
El tren paró cuarenta minutos más tarde. Me coloqué la chaqueta y comencé a rodar la maleta. Tenía que atravesar el pasillo hasta la salida. Me detuve en su puerta. Acerqué el oído. No se oía nada. Moví el pomo. Cerrado. Fue cuando me llegó aquel mudo ladrido del interior de su compartimento.

Bajé al andén. Fuera ya de la estación, me dirigí a la parada de taxis. Me situé detrás de una chica que, nerviosa, no perdía ni un segundo de vista el reloj que ocultaba su muñeca izquierda. Inspiré profundamente en el momento que vino hacia mí una espesa bocanada de aire contaminado. Intenté vaciar mis pulmones lo más rápido posible. Observé cómo las nubes pretendían esconder el cielo que de nuevo me daba cobijo, y sonreí.  Un aromático café me estaba esperando en casa.

martes, 11 de noviembre de 2014

Crónica colmenareña: Sobresaltos de Concha Morales



Góngora a D. Antonio Chacón, que desde Colmenar Viejo le había enviado un requesón:

Décima LXI
Este de mimbres vestido,
requesón de Colmenar,
bien le podremos llamar
panal de suero cocido.
A leche y miel me ha sabido:
decidme en otro papel
lo que se confunde en él,
que sin duda alada oveja,
cuando no lanuda abeja,
leche le dieron, y miel.



A principios del siglo XVII Colmenar Viejo se escribía en verso y nada más y nada menos que de la mano de Góngora y su manuscrito Chacón. Y a principios del siglo XXI, de nuevo Colmenar juega con la poesía y nada más y nada menos que con la voz y la presencia de Koncha: Hermana, tu reloj lo ha logrado (Mi reloj pierde el compás, se vuelve loco…) se ha vuelto loco y nos ha fusionado dos épocas, porque si en el Siglo de Oro fue el requesón la excusa para un recuerdo poético de Colmenar, en este siglo XXI han sido tus Sobresaltos los protagonistas. Y yo he tenido la enorme fortuna de estar allí.

Como la luna llena,
redonda y brillante,
como esa luna llena
a la que le gusta leer cartas
en la madrugada.
Como esa luna menguante
que da vueltas y vueltas,
allá arriba,
sobre mi cabeza,
en la esquina preferida
de mi habitación.

Familiares, amigos y colmenareños llenábamos la sala de ese Espacio1000usos que ya se ha hecho un hueco en la vida cultural de Colmenar gracias al entusiasmo y las artes (nunca mejor dicho) de Blanca, Ángela y Pablo, como siempre logrando que todo saliese a la perfección y con una carga de emociones única. Y la música de Daniel, acompañándote.

 
El semáforo en rojo
despeja las calzadas de mi barrio.
 […]
Vallekas, verso libre,
recorre el empedrado de Madrid
con un canto de cigüeñas en los labios.

Tenía que hacer acto de presencia nuestro barrio… También nos diste paso para que pudiésemos cooperar con nuestra lectura en una tarde que dominasteis a la perfección el atril y tú. Hicimos lo que pudimos para no desentonar entre armonía y lírica, deseando terminar nuestra intervención para seguir disfrutando de lo que la tarde fría de otoño colmenareña nos ofrecía, un frío al que no le fue posible traspasar los muros de la sala, le fue imposible luchar contra el calor y el color que allí vivíamos.





El guardián de las sorpresas
no sale de su asombro
cuando desciende el dardo
hasta el abismo donde se cultivan
los sentimientos.

Y tu reloj, hermana, loco de nuevo, hizo que los sesenta minutos de versos Sobresaltados se convirtieran en sesenta segundos, apenas si nos dimos cuenta de que llegaba el final. Parafraseando el penúltimo sobresalto de tu libro, los versos se nos rompieron, se nos rasgaron, se deshicieron entre nuestras manos…


Los sobresaltos allanan
el camino hacia la calle
de la fantasía.
Justo en pleno corazón.

No puedo dejar de nombrar a la editorial que ha vestido tus poemas y los ha lanzado a la calle: Lastura. Una edición muy cuidada y una joven editora, Lidia, que trae una corriente de aire fresco a este nuevo mundo del libro en el que estamos inmersos.



AL ANOCHECER
una lluvia de estrellas fugaces
ha pasado por delante de mis ojos.
Sobre el chopo, alrededor del silencio,

reflejadas en mis manos
como espejos luminosos sin retorno,
las palabras se volvieron cristal,
los recuerdos brotaron al alba,
…y una lluvia de estrellas fugaces
añoró la magia de otras madrugadas.


Espero, esperamos, que nos vuelvas a sobresaltar de nuevo, porque solo se trata de vivir, de encender el sol por la mañana y la luna por la noche, de fabricar un beso cada cinco minutos y regalarlo. No es tan difícil. Gracias, hermana, porque tus sobresaltos nos enseñan el camino…

sábado, 25 de octubre de 2014

Tantas veces

Tantas veces

Tantas veces pensé un poema,
tantas veces mi mano arrugó el papel que escribía
               tu sonrisa
o tus ojos
o tu pelo,
tantas veces mi sueño se durmió con tu imagen,
tantas veces.
Y no he sabido.

Tantas veces, que hoy he guardado la pluma
en un cajón del último mueble de la casa,
en el cuarto del fondo,
donde viven fantasmas cubiertos por las sábanas
                blancas
de nuestros recuerdos.

Yo,
que hasta ahora amaba las palabras,
las repudio, y
he pensado en no pronunciarlas jamás.
Olvidaré la que nombra tu nombre,
la primera,
más tarde, vaciaré de letras las que me hablen de ti.
Acabaré con todas y, entonces,
volveré a por la pluma ya seca e imaginaré
         tu nombre,

Lucía.

domingo, 19 de octubre de 2014

Locos

Locos

Conozco a muchos locos, sí,
de los que piensan que vestirse con trajes
de colores sensatos y acudir a misa,
a la misa de los hijos no bastardos de Dios,
no viene escrito en ningún catálogo.
De los que prefieren cantar o llorar, da igual,
por las calles vacías de la ciudad
cuando los coches apenas compiten
por atropellar a un peatón en los pasos de cebra.
Que usan las horas para hablar de sus cosas
con ellos, con los mismos locos,
y que no conocen al Presidente
o que vomitan al paso de los ramos de flores
con solo un perfume, el de los reyes.
Que tiñen su piel de distintos colores
sin importar la mirada de los cuerdos.
Voy al cine con ellos
y me siento en su misma butaca;
enciendo la radio para escuchar sus programas
de música clásica.
Son locos pequeños, o grandes, o rubios,
y algunos se sientan en los bancos del parque
que un día existió frente al portal de tu casa.
Se esconden desnudos tras el cristal
de la ventana y te miran a los ojos juiciosos
sin escupirte, porque ellos no escupen
como lo haces tú cuando te encuentras con ellos.
Son locos que callan cuando hablas, que ríen cuando ríes,
que besan cuando besas, que hablan cuando callas,
que se sientan descalzos a la mesa
y comen con cubiertos de miel de abejas
sobre manteles de hierba y de flores.
Que cantan canciones de amor
bajo balcones saturados de Julietas.
Visito a menudo sus manicomios y te puedo decir
que conozco a casi todos.
Son locos.