EL CARTEL
Salía
yo del Paco Rabal la primera vez que lo vi. Un hombre como de mi edad y
embutido en un chándal de color oscuro. Uno más de los que pasea, a buen ritmo,
por nuestro barrio. No sé por qué me llamó la atención. Quizá la hoja de papel
volando hacia su pie.
Al
día siguiente lo volví a ver, apareció al doblar la esquina de Pablo Neruda con
Santos Inocentes. Comenzaba a despegar el celofán que unía el cartel a la pared.
Terminó de arrancar el papel y lo arrugó. Lo tiró al suelo. Nos cruzamos.
Intenté leer qué anunciaba sobre el suelo. No paré. Me pareció ver las siglas
de algún partido político.
Pasaron
un par de fechas. El gélido viento había dejado vacía la avenida de Buenos
Aires. Lo divisé cuatro farolas más arriba. No dejaba un cartel intacto; los
arrugaba y los tiraba al suelo. No tuve más remedio que preguntarle, cuando
llegó a mi altura, ¿por qué? Porque no son más que mentiras impresas, me
contestó. Volvió a emprender la marcha y seguí sus pasos. De la marquesina de
la parada del autobús, del escaparate de la tienda que se alquilaba; siguió
arrojándolos al suelo. Adelanté mis pasos a los suyos y volví a interponerme en
su camino. Te lo he dicho: mentiras. En mi juventud enarbolé banderas del PSOE,
del pendón de Castilla; asistí a mítines del PC; corrí delante de los grises cuando
Carrillo se ocultó bajo una peluca… ¿Y ahora qué tenemos? Unos partidos
políticos por los que luché y que se han convertido en secuaces de los dueños
del dinero. Una democracia que ni ella misma se reconoce en los bancos del
hemiciclo. Estos carteles que entonces nos enseñaban dónde podíamos encontrar
la libertad, ahora nos quieren convencer de que siguen estando con nosotros, a
nuestro lado. Pero no, ya no son los mismos. Ahora se merecen estar en el
suelo, arrugados, a nuestros pies, en espera de un puntapié o de una escoba y
un recogedor que los lleve hacia donde deben estar, el cubo de la basura. Le
contesté que algo teníamos que hacer, que alguien debía organizar nuestras
protestas. Sí, alguien, pero… ¿quién? No supe qué decirle. Siguió su camino y
me quedé quieto sobre la acera, dándole vueltas a lo que acababa de decirme.
Aún
no he encontrado la solución. ¿Vendrá desde alguno de los movimientos que han
nacido por causa de la putrefacción de los partidos tradicionales? ¿O estará en
la red?, en esos Facebook y Twitter que aún no han controlado, aunque lo
intenten. Lo que sí tengo claro es que no podemos callarnos, que cada firma que
hacemos en alguna de las plataformas de peticiones online, es una chincheta que
ayuda a frenar la marcha de la maquinaria que está destruyendo nuestro Estado
social y democrático de derecho que creíamos era para siempre y los usurpadores
de votos quieren aniquilar. Algún día podremos volver a colocar los carteles
con la ilusión de antes, de aquellos años de la Transición. En Vallecas sabemos
de sobra lo que es pegar carteles, empezando por aquel instituto Tirso de
Molina de los años setenta y ochenta, y terminando por las asociaciones que
ahora mismo están en la lucha.
Por
mi parte seguiré dando la voz a personas como las que os acabo de contar, sean
reales o no, porque estoy convencido de que el poder que tienen las palabras
nunca lo van a poder controlar. Siempre existirá una rendija para que las letras
lleguen a la conciencia de la gente, para que separemos los ojos y la mente de
ese otro mortífero cartel en movimiento que es la tele de los que mandan; y
elijamos. Hay que salir a la calle y juntarse con los vecinos, y asistir a los
acontecimientos culturales, que en Vallecas hay muchos y son un arma contra
este totalitarismo que quiere volver. Y chillar, aunque nos quieran hacer
callar con cañones de agua a presión. Nunca quedarnos callados a la espera de
que en las siguientes elecciones empapelen las fachadas y las mentes con esos
carteles embusteros. Echarlos, para después engrudar las paredes de nuestras
calles y llenarlas de carteles como aquellos que nos guiaban hace unos años. Necesitamos
que vuelvan.
Luis Miguel Morales
Así se habla, sí señor!
ResponderEliminarUn abrazo, LuísMi.
Y seguiremos hablando... ¿verdad, Fram? Para callarnos lo van a tener muy complicado.
Eliminar¡Besazos!
Me ha gustado eso de las chinchetas, aunque no te digo lo que querría hacer yo, además, con ellas...
ResponderEliminarSi existiera dios, te secundaría, hablas muy bien, maestro.
Un abrazo
Venga, que acabo de comprarme unos cuantos cajones de chinchetas. A tu disposición, Rosy, puedes hacer con ellas lo que quieras. Y como es posible que ese señor, dios, no exista, nada, boli con boli y a seguir... a perseguirles a ellos.
Eliminar¡Gracias y un besazo!
Totalmente de acuerdo, además de genial narrado, vivo cerca de todas las calles y lugares mencionados, casi me encuentro contigo y él protagonista....o ¿los protagonistas somos nosotros?
ResponderEliminarBesos ♥♥
¿Vecinos? ¡Qué bien! A ver si un día nos encontramos a la vez con el señor que pegue los carteles buenos... Estoy por decirte que llevo yo el engrudo... Oye, cuanta gente maja hay en Vallecas.
Eliminar¡Besazos!
Cómo entiendo el desencando y la rabia del protagonista de tu relato. Me gustaría compartir tu optimismo aunque sea por instinto de supervivencia, espero que ese instinto o cualquier otro consiga romper con la situación actual y nuestras voces y nuestras voluntades encuentren el mejor camino para ser escuchadas y realizadas.
ResponderEliminarBesos
Ya sabes, Jara, que soy optimista por naturaleza y estos mafiosos que ahora nos gobiernan no van a poder cambiarme. Y el instinto, a conservarlo...
Eliminar¡Besazos!
Me uno a tu voz con este relato, aunque la impotencia a veces impida hacer mucho más.
ResponderEliminarMuchas gracias por pasarte por mi blog a felicitarme por mi libro, ha sido un detallazo.
Besos
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