Se
sentó frente a él. O al lado. O al lado.
Habló,
habló y habló. Sabía que nunca escucharía, que apartaría la mirada. Hacia un
lado o hacía el otro. Apartaría la mirada para que aquellos ojos no oyesen su voz.
Y
pensó. Para que sus oídos no viesen el movimiento de los labios. De unos labios
que derramaban la piel.
Cerró
los ojos y vio sus palabras atravesar el vacío. Se fijó en cada una de ellas:
amor, amor, amor, amor… Y vio su sonrisa entre las letras. Fue cuando comenzó a
sonreír. Sí, él también.
La
sonrisa, la risa, el llanto. Entre la a y la eme. Entre la eme y la o. Entre
la o y la erre.
No
terminó nunca de llorar. No terminó nunca de reír. No importaba ya sentir los
ojos cerrados, ni sentir las palabras, ni sentir sus palabras… Reía.
Reía
a su lado. Lloraba a su lado. O a su lado. O frente a él.
Y
el llanto y la risa aprovecharon un leve resquicio colgado en el aire para
desaparecer.
Acarició
los labios. Eran sus labios.
Ya
no encontró el abecedario. Ni lo buscó.
A
su lado. O a su lado. O frente a él.
Sonreía.
Me quedo con la sonrisa. Y me la llevo. Muás.
ResponderEliminarQue instantes mas dulces. Hay que ver que tierno has vuelto. Besos
ResponderEliminarYo también me quedo con la sonrisa, bsss.
ResponderEliminarMuy bonito y muy romántico.
ResponderEliminarSaludos
¡Qué bonito!!! Sobre todo esa sonrisa final... Preciosa entrada.
ResponderEliminarBesotes!!!
Muy dulce este relato Román, un placer leerte.
ResponderEliminarUn beso.