Nos vemos en el ByMe - Kafeto


Esta tarde estuvo en el ByMe Kafeto. Sí, cruzó la calle y se presentó aquí; solo. Extraño. En sus catorce años es la primera vez que lo hace. No sé, creo que mi obligación era preguntar si ocurría algo… ¡Kafeto! Tú por el ByMe, y solo. ¿Ocurre algo? ¡No! No te preocupes. Es que él se ha quedado dormido, me aburría y he pensado que ya era hora de salir a dar un paseo y conocer esto. Tantas veces le he visto cruzar la calle, tantas veces me ha hablado del local. Me siguió dando explicaciones; yo escuché y pensé que para qué más, que era suficiente, que por qué un gato no puede venir al ByMe, aquí acogen a todo el mundo que pretende olvidarse, por unos instantes, de lo inevitable. Le ofrecí un cuenco de leche y me dijo que no, que ya había cenado; además, que me convenía saber que a los gatos adultos les sienta mal la leche. Y hablamos. ¿Qué te parece el local? Pues mucho más acogedor de lo que pensaba, francamente. Creía que él a lo que bajaba aquí era a pasar el rato con algo cargado de alcohol y ya. Pero, no, ahora entiendo por qué gasta sus últimos momentos del día aquí. Es estar un rato y se siente uno muy bien. Entiendo lo que me dices, Kafeto, desde que Luis Miguel me invitó a venir por aquí procuro acercarme todos los días. ¿Te puedo hacer una pregunta? Sí, claro. ¿Qué ocurrió aquella noche? Kafeto tardó algo en contestarme, es posible que no tuviese claro a qué me refería. Ahora me doy cuenta de mi error. Cuando leemos una historia no traspasamos las cuatro paredes que la contienen, creemos que todo se acaba ahí, en eso que estamos leyendo. Y no, no es así, la historia siempre va más allá de esas cuatro paredes. Román, aquella noche no pasó nada, absolutamente nada. Mientras ella dormía aproveché para acercar mi pelo a su piel. Se despertó, se levantó, cogió su maleta y se fue. Más tarde salió él de su habitación y recorrió toda la casa como un poseído. Me hubiese gustado hablar, poder decirle a qué hora se fue o disculparme por no haberle avisado antes de que ella atravesase la puerta para marcharse. Ojalá que él comprendiese mis palabras como me comprendes tú. Pero él es humano, no como nosotros. Sí, ya sé, perdona, tú al menos eres la representación de un humano; aunque te recomendaría que no te hicieses muchas ilusiones: tú y yo, al final, dependemos de que arruguen un folio o de que machaquen insistentemente la tecla de retroceso… Es así.

Continuamos charlando hasta que me dijo que se subía a casa, que lo mismo se despertaba él y no le veía por allí, y que no le apetecía que supiese nada de su escapada, que al fin y al cabo los gatos, personajes o no, deben cumplir su rol, que no le quedaba más remedio, que a sus catorce años no le apetecía ir en contra de las leyes no escritas. Ya ves, aunque tengamos esa fama de animales libres e independientes, al final nos cuesta saltarnos las normas. Además, sé que él me necesita. Y yo le necesito a él. Estamos a gusto. Por qué cambiar la situación. Comprendí. Acaricié su lomo y abrí la puerta. Cruzó la calle y lo seguí hasta que entró en el portal. No sé el tiempo que pasó hasta que se encendió la luz, solo sé que no dejé de mirar aquella oscuridad hasta que se desvaneció y vi aparecer la silueta de él.

Comentarios

  1. Curioso este proceder gatuno. Ah, pero es que Kafeto lleva genes que le hacen comportarse como no lo hacen muchos humanos. Misterios de la Naturaleza. Volveremos al ByMe. Román, no nos arrugues, por favor.

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    Respuestas
    1. Pero si es que Kafeto es humano... Hermana, no te preocupes, que aquí no se arruga a nadie. Muases.

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    2. Jajaja y vaya, vaya, vaya: no soy la única que mantiene conversaciones con su gato ;)
      Y de acuerdo con Koncha: los gatos son a menudo (casi siempre... siempre jajaja) más humanos que los "humanos"
      Ps. Me acordé de ti hace poco: luego te mando foto. A ver si reconoces el lugar ;)
      Besotes a los tres. :)

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    3. Toda la razón, Fram. Y los personajes también los somos, te lo aseguro...
      Ps. Me ha dicho Luis Miguel que ya ha hablado contigo sobre la foto. Qué morro tiene, a mí no me ha llevado nunca por allí...

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