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domingo, 12 de octubre de 2014

ByMe PUB de La sombra de las horas



Hoy os dejo con uno de los relatos que os cuento en La sombra de las horas y con el micro que le antecede y se resguarda en él.


NUESTRA PELÍCULA

La de los días de lluvia estaba ahí, sobre la estantería, como si permaneciese escondida esperándome tras los libros que acababa de guardar. Recordé la figura de Clint Eastwood, empapado, esperando a que Meryl Streep se decidiese a salir del coche, y a nosotros en el sofá,  con un nudo en la garganta, expectantes, animándola en silencio a que se fuese con él, sin quitar ojo del televisor. Cuántas tardes lluviosas como esta. La volví a poner y, mientras cerraba la maleta sobre el sofá vacío, Clint, en la pantalla,  arrancaba su coche y, solo, se perdía calle arriba.



 ByMe PUB


 Hay veces en la vida que es mejor callarse. Se lo oía decir a mi padre en muchas ocasiones cuando era un niño. Y me lo repitió unas cuantas veces a lo largo de toda su vida. No era una frase suya, es cierto, es una frase que seguro que todos los hijos han oído decir a sus padres. Pero él era mi padre y esas palabras eran para mí.
Y todas las mañanas me he levantado con la dichosa pregunta de aquella noche dando vueltas a la cabeza. Todas las mañanas que la resaca me lo ha permitido. ¿A qué hora cerráis? Así de simple. Una interrogación que ni el peor novelista utilizaría en la peor de sus novelas. Una interrogación que se dice y se oye millones de veces al día en el supermercado de cualquier ciudad. O en cualquier gasolinera en mitad de cualquier autopista. Es imposible que una pregunta como esta pueda marcar la vida de nadie.
-¿A qué hora cerráis?
Mientras salían esas palabras de mi boca leía, una vez más, el revés de las letras góticas biseladas en el cristal opaco que separaba la última fila de mesas del local con la calle. Una be mayúscula a la derecha, después, a su izquierda, una i griega minúscula, después una eme mayúscula y a continuación una e minúscula. Un mínimo espacio las separaba de otras tres letras mayúsculas y de mayor tamaño, la pe, la u y la be. “ByMe PUB”. Todo ello formando un semicírculo. 
Mi cuerpo giró con el taburete y unas gotas de la copa de ron cayeron sobre el mostrador mientras los cubitos de hielo chocaban entre sí y me dedicaban su helada melodía. Al otro lado de la barra Byron concentraba su atención en elaborar uno de sus exquisitos cócteles. Siempre concluía la noche saboreando uno. Mery contaba los billetes que rebosaban la gaveta de la caja registradora de mediados del siglo pasado que daba un toque de misterio al pretendidamente moderno local. Era una de esas máquinas con manivela a la derecha y cuatro filas de teclas iguales que las de las máquinas de escribir antiguas, de las Olivetti, redondas, planas, con un reborde metálico que cercaba un cristal debajo del cual se escondían las letras blancas sobre el fondo negro y que adornaban su panzudo cuerpo. A mi derecha un caballero con bombín, que no se había quitado en toda la noche, contemplaba los movimientos rápidos de los dedos de Mery sobre los billetes. Al menos eso era lo que parecían enfocar sus vidriosos ojos. Y a mi izquierda el descascarillado mostrador sin una copa sobre él y con una hilera de taburetes vacíos bordeándolo.
A nadie parecía interesarle lo más mínimo contestar a esa pregunta. O quizá es que nadie me había oído, para qué oír una cuestión tan falta de sentido como esa. Yo sabía perfectamente la hora de cierre. Byron y Mery sabían perfectamente que yo sabía la hora de cierre. Y el señor del bombín seguía dando vueltas por su mundo.
-Creo que en cinco minutos.
La voz me llegó por la espalda. Mi estado no me permitía adivinar nada más. Las palabras habían alcanzado mi espalda, pero no sabía de dónde provenían, de cuál de las tres filas de mesas que me separaban de la puerta de entrada al local.
Volví la cabeza y vi una mujer de exagerados y largos rizos cobrizos que caían sobre sus reducidos pechos apenas ocultos por la trasparente blusa, y que hojeaba un periódico de desproporcionadas páginas que descansaba sobre la mesa. Unos grandes labios de recargado tono carmesí competían con unas sonrojadas mejillas. Su espalda no lograba reposar sobre el respaldo de la silla que casi topaba con el cristal que separaba el garito de la calle. “ByMe PUB”. Volví a leerlo.
Todos los días de todo el año terminaba en aquel antro a tomar las últimas copas antes de subir a mi apartamento que me esperaba en el portal de enfrente. Algunas noches, al acabar la jornada laboral, me acompañaba a la primera el oficial; otras, a la segunda, pero hacía más de un mes que se iba directo a su casa.
-Hoy no puedo quedarme, lo siento. A ver si mañana…
Su mujer y su hija eran una razón más que suficiente para que abandonase esa copa que amenazaba con convertirse en costumbre y en un peligro para su estabilidad familiar. A mí no me esperaba nadie, sí, Kafeto, pero él no reparaba en la hora ni en mi estado. Por las noches, al atravesar la puerta, él restregaba su peludo lomo sobre mis pantorrillas y emitía unos tímidos ronroneos antes de volver a su rincón. Llevábamos catorce años de vida en común y de respeto mutuo. Sin compromisos. 
Nunca la había visto por allí, ni siquiera por el barrio, por las cuatro manzanas  que encerraban mi existencia. Mi apartamento al otro lado de la calle, el ByMe y, en la avenida paralela, la oficina. Algún fin se semana visitaba a mi madre en la casa del pueblo donde vivía con mi hermana. En ocasiones salía a un cine del centro con Berta antes de que pasásemos la noche en mi casa. Durante los últimos catorce años eran los únicos que habían compartido conmigo esas cuatro paredes: Kafeto, a todas las horas, y Berta, diez o doce noches al año. Era la primera vez que veía esa cara y estaba seguro que de haberla visto antes la recordaría.
-Nunca te he visto por aquí.
Me senté en la silla y ella recogió el periódico en cuatro pliegues. Mi rodilla se tropezó con la maleta roja de mediano tamaño que nos separaba.
-Acabo de llegar esta tarde a la ciudad. Estaba buscando en el periódico alguna pensión para pasar las primeras noches. ¿Conoces alguna?
Al apagarse las luces de neón del letrero exterior del pub su cabello rizado adquirió un tono distinto, vi que el color cobrizo se había convertido en un perfecto color castaño natural, brillante. La bruñida piel de su cara, tan cerca, dejaba descubrir debajo de aquellas capas de cosméticos una suavidad y una juventud que desde la distancia me había sido imposible adivinar. Hasta sus labios perdieron aquella exageración  que hace un momento aprecié. No lo dudé un instante, ni la hora ni el alcohol me permitieron dudar.
-Pues yo creo que este no es el lugar para una hermosa chica como tú. Yo vivo ahí, en aquel portal, y tengo un sofá cama siempre disponible. Mi gato está ya viejo. Te husmeará un poco y después no te molestará.
-Perdona que haya sido tan directa, pensarás lo peor de mí, pero es que estoy desesperada y, aunque tú no te has fijado, llevo un buen rato aquí, te he observado y me has merecido toda la confianza.
-Pues no deberías fiarte…
Sonreí y ella me correspondió con el abismo de sus negros iris. En ese momento el hombre del bombín pasó a nuestro lado y, antes de desaparecer por la puerta, tropezó con la mesa y terminó de vaciar el escaso ron que aún contenía la copa sobre mis pantalones. El hombre del bombín ni se enteró.
-¡Señores! ¡Hora de que nos vayamos a casa!
Byron hizo un cariñoso gesto solicitándonos clemencia.
-Hasta mañana, chicos.
Cruzamos la calle antes de que nos alcanzase la riada que cada noche fabricaba la estruendosa máquina del Ayuntamiento y subimos al cuarto piso. Todo estaba en perfecto desorden. Mientras Kafeto fiscalizaba a la intrusa yo me encargué de desalojar el sofá y convertirlo en una confortable cama. Esa mañana guardé en el armario un juego de sabanas limpias. Estuvimos en el cine Berta y yo la semana pasada, por lo que no esperaba tener que usar un nuevo juego de sábanas en algún tiempo. Uno hace cosas sin motivo aparente que luego encuentran una razón.
-¿Quieres la última?
Era la pregunta retórica, indispensable. Un buen galán de una buena película en blanco y negro de la época dorada de Hollywood no debe pasar por alto terminar o empezar una conquista con esa propuesta. Y nunca había que temer a la respuesta.
-Llevo un día muy largo y además me tomé una copa en el bar. Mi cabeza no me va a permitir otra. Espero que no te parezca descortés.
Descortés no me pareció, para entonces ya me tenía  a sus pies por completo. Una mujer que en la distancia vi como una buscona más de las que acostumbraba ni siquiera a mirar se había convertido en una preciosa joven con un enigma imposible de descifrar.
Ahora tenía claro que de no soltar yo la innecesaria preguntita ella no habría abierto la boca. Y cuando Byron se dirigiese a echar el cierre, llorando le rogaría, aunque fuese pagando lo que le pidiese, quedarse en su local a pasar la noche. Un ser tan indefenso no se hubiese atrevido a dirigirse a mí sin encontrar una excusa. Yo pasaría a su lado, y quizá tropezaría con su mesa, y quizá la pediría perdón. Pero no habría reparado en ella.
Salió de mi habitación después de cambiar su ropa por un mínimo pijama de verano.
-¿No te importa que me tumbe?
Asentí con la cabeza. Se durmió de inmediato. Su cuerpo fue el mejor antídoto para mi exceso diario de alcohol. Ni diez cafés bien cargados hubiesen hecho el efecto que había conseguido su contemplación. No pude dormir en toda la noche. Ella estaba al otro lado de la puerta y yo no podía traspasar esa barrera. Al atravesar la ventana el primer rayo de sol acabó por vencerme el sueño.
Me sobresalté y miré el reloj. Las dos de la tarde. De un salto casi me presenté en la puerta, la abrí y mis ojos corrieron hacia ella. Sobre el sofá-cama solo quedaban las sabanas arrugadas. Ni rastro de la maleta. Ni de su ropa. Solo su olor.
Kafeto me dio los buenos días. No le extrañó que me levantase a esa hora, era sábado y en otras ocasiones había tardado más en hacerlo. Él no notó alterada para nada su rutina con la compañía que había tenido esa noche. Tampoco podía preguntarle la hora a la que se había ido. En ese momento pensé que ni siquiera sabíamos nuestros nombres. Ojeé el salón buscando una nota, pero no encontré nada.
Esa noche inquirí a Mery por ella, si la habían visto aparecer por allí, o por la calle. La siguiente noche también. Y así todas las noches.
Maldita pregunta, pensé una noche más.
Aquella noche volví a oírla. De la boca del caballero del bombín que se sentaba a mi derecha.
-¿A qué hora cerráis?
Esperé una respuesta a mis espaldas. Sí, tenía que responderle. No me atrevía a escuchar. No me atrevía a volver la vista hacia el final de las tres filas de mesas que me separaban de la puerta de entrada al local. Pero lo hice. Solo vi la silla vacía y un periódico con unas hojas de gran tamaño sobre la mesa.

Y también leí aquellas letras góticas y en semicírculo biseladas en el cristal. “ByMe PUB”.

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