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viernes, 22 de julio de 2016

La librería más bonita del mundo



Os dejo con mi aportación a La librería más bonita del mundo, una antología de relatos breves que acaba de publicar Playa de Ákaba para rendir homenaje a las librerías, imprescindibles para nosotros los escritores y para nosotros los lectores. Un relato que es mi particular tributo a los libreros de la librería Muga, la librería de mi barrio, y mucho más…


Nada es extraño

No es nada extraño que la gente se plante delante del cristal y lo mire de un extremo al otro. Que se detenga en las últimas novedades y, después de un rato más o menos largo, se acerque a contemplar con detenimiento los libros que presiden el escaparate, los que se colocan bajo el cartel de los más vendidos. No es nada extraño, por supuesto, lo raro e indeseable sería  que nadie se fijase en esos metros cuadrados que separan la acera del mostrador tras el que me encuentro ahora. Por qué me llamaría tanto la atención aquel individuo. Un jersey de lo menos llamativo, unos pantalones vaqueros y, agarrado por su mano derecha, el mango de un paraguas que a veces, a la edad que presentía en ese hombre, se usa más como bastón que como resguardo de una posible lluvia. Una lluvia que, recuerdo, llegó esa primera vez que me fijé en él. Llegó y se lo llevó sin que hiciera ademán de traspasar la puerta para seguir investigando entre los libros que albergaban mis estanterías. Abrió el paraguas y desapareció calle arriba.

Un par de días después apareció de nuevo. No sé el tiempo que llevaba allí. La mujer que me compró el libro insistió ante mi negativa, ante mi obcecación. Perdóneme pero es que no me queda ninguno, y casi le podría asegurar que nunca he tenido uno con ese título, ni siquiera me aparece en el ordenador. Y es que no me suenan nada ni el título, ni el autor, ni la editorial. Si quiere hablo con algunos distribuidores y si lo encuentro se lo pido, y en una semana como máximo lo tendrá aquí, no se preocupe. Pero es que lo he visto ahí fuera, ahí, mire, justo donde mira el señor que está parado frente a la cristalera. El mismo jersey, el mismo pantalón y el mismo paraguas. Hacía sol, ni una nube que lo escondiese o dejase adivinar la eventualidad de algún cercano aguacero. Aturdido, me acerqué a la vitrina y cogí el volumen. Cómo era posible. Veinte años de negocio, no era lógico que esto me sucediese a mí, siempre comprobaba que de los libros que exponía a los paseantes quedase al menos uno en el almacén o dentro del local. Choqué con sus ojos, una mirada quizá ausente que se convirtió, en apenas un segundo, en afecto. Eso vi. Una historia. Así se titulaba. De Pedro Arnau. Me di la vuelta rápido, no me gusta hacer esperar a los clientes y menos cuando uno ha cometido una falta. Me disculpé una y otra vez ante la clienta. Se marchó. La editorial, no recordaba la editorial. Lluvia, sí, Lluvia. El hombre. Busqué su figura tras los libros. No la encontré. Me acerqué rápido a la puerta, la abrí, di dos pasos y pisé la acera, miré a un lado y a otro de la calle. Ni rastro de él. Volví tras el mostrador y tecleé: Lluvia. Sí, ahí estaba la editorial, pero ni ese título ni ese autor aparecían en su catálogo. Una historia. Nada. De nuevo lo tecleé. Nada. Tecleé Pedro Arnau. Nada. De nuevo lo tecleé. Nada.
Siete días no hicieron posible que me olvidase de aquello. Llamé a todas las distribuidoras, hablé con la editorial, con otros editores, con autores, con otros colegas. Nadie conocía el libro. Ni conocía al autor. Si al menos la mujer que me lo compró hubiese sido una clienta habitual. Debió de ser la primera vez que entraba. La primera y la última. Cada vez es menos frecuente que gente desconocida pase a comprar en una pequeña librería de barrio, una pequeña librería escondida en una calle escondida. Demasiada casualidad, un libro que no existe, un hombre que solo ha existido en un par de ocasiones al otro lado del cristal y una clienta que es posible tampoco existiese. Demasiada casualidad.

Hace unos diez minutos que apareció por la puerta. El paraguas, el pantalón y el jersey. Inmaculados. Apenas si me miró, de reojo; creí oír un buenos días que luchaba por traspasar sus labios, se encaminó hacia las estanterías del final, las que son antesala de un pequeño cuarto en el que a veces los clientes se detienen a leer un libro de los muchos que existen aquí. Allí tengo una silla, cómoda, con dos brazos, y una pequeña mesita redonda sobre la que siempre hay un bolígrafo, un lápiz y unas cuartillas en blanco. Y una lamparita que descubrí un día en la tienda de antigüedades de la esquina. Se sentó. Lo vi desde mi lugar, aún inmóvil, incrédulo. A mis clientes les encanta ese lugar. Y a mí. Desde aquí siempre veo a alguno sentado, ojeando algún libro que acaba de alcanzar de alguna estantería. A veces los compran, a veces no. En otras ocasiones apuntan algo sobre una de las cuartillas y la guardan en sus bolsillos. Él no se había acercado a las estanterías y, sin embargo, observé cómo leía un libro. Pasaba sus hojas. Despacio. Y acomodó un bolígrafo entre los dedos. Escribió algo en las primeras páginas del libro.

Diez minutos. Ni un cliente entra o sale. Aún no me he movido de aquí. No sé. No puedo. Ahí sigue. Ahora, cierra las tapas. Se levanta. Pasa de nuevo frente a mí. Buenos días. Sí, creo que lo he oído. Un susurro. Quizá un leve gesto, una sonrisa. Me he fijado, los zapatos brillan; negros, con cordones. La puerta se cierra. Ha recorrido todo el escaparate, he visto su semblante, distraído, por encima de los libros, he visto su jersey escaparse por la línea horizontal del cristal. Debo ir hacia allí. Debo levantarme e ir hacia la mesa.

Pablo se dirigió a la mesa. Notó la tibieza del asiento. El libro parecía nuevo. Una historia. Autor, Pedro Arnau. Editorial, Lluvia. No entendía nada. Le dio miedo abrir sus tapas. Pero tenía que hacerlo, estaba seguro de que encontraría alguna pista. La hoja vacía de todos los libros. La siguiente, Pedro Arnau, Una historia. El reverso, Primera edición, fechada en el mes y el año actuales. Qué extraño todo. En la siguiente página de nuevo el título. Y, debajo, una dedicatoria, A mi librero. No entendía nada. A continuación, unas líneas escritas a mano: Aún recuerdo tu expresión cuando entró mi primera lectora a la librería y encontraste el libro en el escaparate, ese libro que ni  tú ni nadie conocíais. Ahí estaba, en primera línea, colocado entre las últimas novedades. Presidía el selecto grupo de libros más vendidos. La tuya sería la librería donde me daría a conocer, lo tuve muy claro desde  la primera vez que la vi, que os vi. Por eso nació ahí. Nada de grandes almacenes.  Pablo se levantó y, aún sin saber muy bien lo que ocurría, se volvió a su lugar, tras el mostrador. Abrió de nuevo el libro y comenzó a leer el primer capítulo: Se calza los zapatos, se recrea en su brillo antes de ajustar los cordones con una lazada simple. Hace un repaso frente al espejo. Los pantalones vaqueros y el jersey. Antes de abrir la puerta alcanza el paraguas, siempre le ha gustado colgar su redondeado mango en la percha del recibidor. El ascensor. Un viaje metálico que le acerca a la calle. Llueve.



3 comentarios:

  1. Preciosa historia! Me ha encantado una vez más leerte.
    Besotes!!!

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  2. Me ha encantado. Nada es extraño cuando entras en una de estas librerías ;) Hace mucho que no me acerco a tu barrio pero la próxima vez, visitaré tu librería.
    Un abrazote, LuisMi; con algo de retraso pero no por eso menos abrazote. :))

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  3. Ahora que estoy regresando poco a poco de mi retiro... ¡Qué bonito encontrarse con vosotras y vuestros comentarios! Ánimo para el otoño calentito literario que se me avecina... ¡Muchas gracias y besazos gordos!

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