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domingo, 16 de noviembre de 2014

París, de Un mañana para Alicia.



Os dejo con el relato que escribí para la Antología solidaria Un mañana para Alicia, en la que nos reunimos en su día dieciséis autores con el único fin de ayudar a que los padres de Alicia pudiesen sufragar los gastos de la terapia que tiene que seguir su hija. Todo esto se explicó en su día y lo único que quería deciros es que siguen necesitando ayuda y las iniciativas que llevan a cabo las tenéis en facebook (https://www.facebook.com/pages/El-Sue%C3%B1o-de-Alicia/535412519835342) y en el blog Todos por un sueño (http://elsuenodealicia.blogspot.com.es/).  Nuestro libro sigue a la venta y podéis leer la última y excepcional reseña publicada por Cay en Ciao (http://www.ciao.es/Un_Manana_para_Alicia_VV_AA__Opinion_2222523). Os recomiendo que la leáis y os animéis a conocer todos los relatos. 


PARÍS


Parecían kamikazes. Aguardaban ahí arriba, escondidos, solo se dejaban ver dos. Expectantes. Quietos. Me fijé en ellos. Regresaban a su guarida. Sentado, intenté no perderlos de vista. Me resultaba tan curioso. Allí, sobre el tejado de la última tienda. Creo recordar que era de alquiler de coches. Su pequeña cabeza giraba con ese movimiento rápido, nervioso, característico. Quietos. Los dos. Vigilantes. El chirriante ruido de unas patas metálicas sobre el suelo hizo girar mi cabeza hacia el lado contrario. Un turista —no cabía la menor duda de que no era nativo—, se levantó y arrastró la silla unos instantes, los justos para hacerme desviar la atención. Rodó la maleta que le acompañaba y se dirigió al andén. Mis ojos, por puro instinto, le siguieron. Le siguieron hasta que un gorrión dejó el extremo de su ala sobre mi nariz. Otro, removió mi flequillo. Eran ellos. Sus mínimos cuerpos silbaron en mis oídos. ¿Diez? ¿Veinte? De un momento a otro, Tippi Hedren y Rod Taylor pasarían por delante de mí, huyendo, asustados. Y detrás, más pájaros.
—Hitchcock. ¿Verdad?
La voz me llegó de la mesa de al lado. Una mujer de una edad indefinida, pero que aparentaba acumular mucha vida en sus bolsillos, fue la que me habló.
—Perdón. Su expresión le delató. Llevo un buen rato aquí sentada y los he observado en todo momento. Es lo que parece, que este sea un nuevo rodaje del maestro Hitchcock. O que ellos también conozcan la película y estén rememorando a sus antepasados. No crea, algo de susto dan. A mí también. En cuanto alguien deja vacía una mesa, los dos cabecillas abren mínimamente el pico y se abalanzan hacia ella. Y detrás, la bandada. El escuadrón oculto. Es una pena, la mayoría de las veces su recompensa es exigua. Unas servilletas arrugadas, un sobrecito de azúcar completamente vacío o un envoltorio de chocolatina a la que ya no le queda ni el perfume.
Paró de hablar. Nos quedamos un instante suspendidos sobre nuestras miradas. Yo aún no tenía claro qué sucedía. Fue todo tan rápido. El desagradable ruido, el turista incorporándose, los pájaros, la mujer. Podría jurar que cuando me senté no había nadie en esa mesa, que la silla de mi derecha estaba vacía. La mujer del cabello rubio, más amarillo que rubio, recogido con un pañuelo que permitía ver una corta coleta, me hablaba como si llevase allí un buen rato; desde luego, más tiempo que yo.
—¡No! No tiene por qué pedirme perdón. En absoluto. Ha adivinado usted mis pensamientos. Todavía estoy esperando el «¡Corten!»
El movimiento de mis brazos y mi muñeca derecha simularon el cerrar de la claqueta. Creo que hasta de mi boca salió un leve chasquido. Su sonrisa, casi convertida en risa, alejó de mí toda intranquilidad. Olvidé pensar si ella estaba allí a mi llegada o no. Olvidé el retorno de los gorriones a su posición de partida, en espera de nuevas incursiones. Incluso olvidé que en menos de una hora subiría al tren que me devolvía a la realidad.
—Yo también estoy esperando el tren-hotel para Madrid. Oí que preguntaba usted por él al camarero antes de sentarse. Nos queda una larga noche por delante. Larga, y espero que agradable.
No era la primera vez que viajaba en ese tren. Es más, todos los años, desde hace no menos de una docena, intentaba no faltar a la cita con las orillas del Sena, con sus puentes, con su Île de la Cité, con esa ciudad que desde la primera vez que puse un pie sobre sus aceras me prohibió olvidarla. Olvidarla y abandonarla. Hicimos un pacto. En esta ocasión había viajado solo. Mi amigo Françoise me tenía reservada una habitación en su piso de la Rue de Montmartre. Un par de meses no habían sido suficientes para saciar mi apetito, pero no era posible alargarlo más. Volvía con una gran cantidad de material para pulir. Si alguien abriese mi maleta pensaría que mi única vestimenta eran esos grandes cuadernos con sus hojas repletas de bosquejos, de dibujos ya acabados, de colores. La llevaba a ella conmigo. Y cuatro camisas, dos pantalones y la ropa interior. No necesitaba más. Ya encontraría en mi casa de Madrid los atuendos de un hombre normal. Mis disfraces de los próximos meses.
Su enorme pezuña reposaba sobre el muslo de ella. Peludo. Muy peludo. ¿Tampoco estaba allí? Apenas enseñaba sus ojos. Un cuerpo en el que no se adivinaba apéndice alguno hacia su final. Enorme. Casi un metro sobre el suelo alcanzaba su lomo.
—Se llama Diana. Es inglesa. La raza: Bobtail. Ella viene, y nació, de la misma tierra que partí hace ya un tiempo, que casi ni se deja contar. Es muy buena. Aunque la vea tan grande, es incapaz de hacer daño a nadie. Hasta los chihuahuas le ladran.
La insistencia sobre su dueña le hizo encontrar la recompensa. Una galleta en forma de hueso desapareció con rapidez en su boca. Se tumbó y pareció desconectar de nuestra presencia.
—No sé qué sería de mí sin ella.
La monótona y exasperante música de la máquina que acompañaba a la de las monedas rebotando sobre la bandeja metálica me hizo perder las siguientes frases que la mujer me dirigió.
—No lo soporto. Deberían prohibir estas infernales máquinas. No solo por la esclavitud a la que someten a la gente que atrapan, sino por la desesperación que causa su continuo machacar sobre los oídos. Me ha hecho perder el hilo de la conversación. Perdón…
—Nada, no se preocupe. Solo estaba ayudando, con mis historias también monótonas, a aumentar su desesperación.
Sobre su última palabra, los altavoces de la estación anunciaron el andén desde el que partiría nuestro tren. Nos incorporamos a la vez. Tantos años de espera en las estaciones incrustan en nuestros cuerpos muelles que funcionan en perfecta sincronía con los demás pasajeros. Y, en este caso, también con la bandada de kamikazes que, de nuevo, emprendieron el ataque hacia las mesas. Aunque en esta ocasión les iba a resultar muy difícil acertar con la estrategia: todas se quedaron vacías a la vez. Parece que nuestro tren iría completo.
Un sándwich que enseñaba su lengua de queso fundido y un bote de cerveza me sirvieron de cena en la barra del vagón cafetería. El descafeinado bien caliente y la distendida charla con un viajero que iba a pasar toda la noche medio tumbado en los asientos súper reclinables del último vagón, me encaminaron a la puerta de mi compartimento.
—Que pases buena noche. Afortunadamente, tienes pocos años y los huesos y tu cuerpo aún soportarán toda una noche en esos asientos. Con tu edad he dormido en peores sitios. Pero… no se trata de darte lecciones, amigo. Mañana nos vemos en el desayuno.
Se despidió con una sonrisa y desapareció por el final del vagón. Introduje la llave. Tenía ganas de encontrarme con la cómoda litera. En un vaivén algo más brusco que los habituales, la puerta de al lado se abrió dejando una mínima rendija por la que pude reconocer su pezuña sobre el suelo. Era de Diana, no lo dudé. Mi rapidez y el mínimo equipaje que transportaba me permitieron acceder al tren mucho antes que ellas, y no las volví a ver. ¿Cómo era posible no haber oído cuándo entraron? Quizá fue durante el tiempo que permanecí con la puerta cerrada. El ruido del tren camufla todos los sonidos. Además, recordé que al salir hacia la cafetería la puerta de su compartimento no estaba abierta.
—Pasa, si no estás muy cansado podemos charlar un momento.
Era una voz femenina la que había salido de allí, pero no era la de la mujer. Entonaba una melodía distinta y su suavidad me recordaba la adolescencia, la de una niña de poco más de catorce años. Diana debió de incorporarse sobre sus patas delanteras y, al hacerlo, liberó la puerta, que se abrió de par en par. Me acerqué. No había nadie más. Ni rastro de la mujer del cabello más amarillo que rubio. La perra, sentada, recostado el lomo sobre la ventanilla, parecía esperarme.
—Pasa. No te asustes. Solo quiero hablar contigo.
Entré. Cerré la puerta. Me fijé en que las literas no estaban aún bajadas. Dos cómodos asientos, situados a mi derecha, escondían las camas. Me senté. No dejé de mirar al animal a los ojos. Comprendí que me hablaba a través de ellos.
—Te resulta extraño, ¿verdad?
Balbuceé.
—Sí.
Asentí con la cabeza. Apenas debió de oírse mi afirmación. Carraspeé ligeramente y me atreví a preguntar.
—¿Dónde está tu dueña?
—¡Mi dueña! ¡Oh! Mi dueña… Vosotros, los humanos, nunca cambiaréis. Mi dueña. Yo no pertenezco a nadie, ni ella me tiene en propiedad. Mi dueña. Mi piso. Mi coche. Mi mujer… No sabéis vivir sin pensar en que algo es vuestro, solo vuestro, os pertenece y nadie puede osar siquiera pensar en ello. Lo guardáis de los demás, lo vigiláis. Os da miedo perderlo, que os lo roben. Que tu chica se enamore de otro. Es tuya. Solo tuya.
Estaba acostumbrado a hablar con mis cuadros. Incluso con los pinceles. Los colores, a veces, parecían decirme: «¡No! ¡No! ¿Cómo vas a situarme ahí, al lado del amarillo? ¿No ves que quedamos horribles el uno junto al otro?» Pero, en todo momento, era yo el que emitía esos sonidos, era mi voz la que jugaba con mi cerebro; la reconocía a la perfección. Ahora no. Ahora era ese perro el que me estaba hablando. Sin voz.
—¿Algún día os daréis cuenta de que nadie es de nadie? Lo dudo… Cuando te vimos allí, en la estación, pensamos que tú eras distinto, que no eras como los demás. Un hombre solitario, pero no huraño. Solitario por necesidad; por necesidad de encontrar la obra definitiva, la que diese sentido a tu existencia. Los colores perfectos, las líneas perfectas. Y eso solo lo podías encontrar en aquella ciudad. París y tú. El Sena y tú. Las torres de Notre Dame y tú. Solos. Llevábamos siguiéndote desde el día que tu tren de ida te dejó allí. Desde la primera mañana que, aún entre la bruma que nos concedía el río, emborronabas con tus lápices las hojas del cuaderno recién estrenado. Nosotras paseábamos por la orilla opuesta. Ni te fijaste. Tus ojos se clavaron en aquella mujer que paseaba a ese perro gigante y tu mano la dibujó en el papel. Ahí estaremos, en tu compartimento, entre tus dibujos. Pero ahora sé que no nos viste. Como en las escaleras que mueren en la cima sobre la que reposa la Basílica del Sacré Coeur. O sentadas en una de las terrazas de cualquier bulevar, permitiendo a la vida caminar tranquila delante de nosotras, disfrutando de las parejas que pasean cogidas de la mano o sufriendo por el ejecutivo que, enfundado en su traje, corre hacia su presente con la certeza de que nunca logrará alcanzarlo.
Escuchaba con atención mientras sus ojos no paraban de hablarme. Su tono, entre enfadado y dolido, se clavaba en mis oídos y parecía hipnotizarme. Quería responder, decir algo: «No, eso no es así, seguro, ahora recuerdo esas imágenes, no solo las tengo guardadas entre las tapas de mis cuadernos, las recuerdo, os recuerdo. Sí, he vivido con vosotras todos estos días. Os he acompañado en vuestros paseos por las aceras de la ciudad. Habéis estado conmigo en los jardines contemplando las pequeñas barquichuelas que navegaban por los estanques, llevadas por la imaginación de los niños. Hemos cerrado los ojos para dirigirlos al incipiente sol que deseaba acariciar nuestras mejillas. Sí, yo también he oído los pasos de la vida al caminar despacio frente a mí.»
Por un momento el silencio se apoderó de la estancia, sus ojos callaron. Fue solo un momento.
—Ahora he sido yo la que he caído en la trampa. La trampa de las palabras. De su significado. Tú también tienes derecho a utilizar esas palabras. Aunque me gustaría que tuvieses más cuidado. Perdona. Sé que todo lo que me quieres contestar es verdad. Lo sé. No hace falta que de tu garganta surjan los sonidos. Tienes toda la razón. No he sido justa.
Su cuerpo fue cediendo hasta descansar sobre el suelo. Cerró los ojos y guardó el hocico entre sus patas. Dejé de pensar. Me incorporé despacio y agarré el pomo de la puerta, la abrí y salí al pasillo. Contemplé el estrecho espacio entre las ventanillas y las puertas de los compartimentos, todas cerradas. Ningún ruido derrotaba al del traqueteo del tren sobre los raíles.
Ni siquiera volví la vista antes de regresar a mi compartimento. La litera, extendida, me aguardaba. Me fui desnudando, con pausa, intentado asimilar lo sucedido. Dos meses de dedicación exclusiva a la pintura, sin apenas relacionarme con alguien más allá de plasmarlo, a mi manera, sobre el papel, me había dejado en ese estado que ni yo mismo entendía. Hablando con un perro. Y, lo peor, él me hablaba a mí, me regañaba a mí, me pedía perdón a mí. Terminé de subirme los pantalones del pijama y abrí la cama. No sería necesaria la manta que, doblada a los pies de la litera, me impediría estirar las piernas entre las sábanas. La recogí y la eché sobre la maleta. La maleta. Ahí estaban mis cuadernos. Ahí estarían ellas. Diana y la mujer del cabello más amarillo que rubio.
Esparcí sobre la cama todos los cuadernos. Abrí el primero. Paisajes. Monumentos. El Louvre visto desde distintas perspectivas. La incongruente pirámide acristalada. El Arco del Carrusel. Los jardines de las Tullerías. El césped. La gente tumbada sobre él. Los bancos repletos de personas. Los caminos de tierra. El estanque con sus barquitos flotando. Y ellas. Las calles de París. La Ópera. Los rincones más escondidos. Las iglesias. Y ellas. El río. Los puentes. Los teatros. Y ellas. Diana y la mujer del cabello más amarillo que rubio. Como un punto en la lejanía o en un primer plano dibujado hasta el más mínimo detalle.
Recogí los cuadernos y los guardé de nuevo en la maleta. Estiré la sábana que había quedado totalmente arrugada en los bajos de la cama, me tumbé sobre ella y apagué la luz. Cerré los ojos y la mente.
Cuando el interventor llamó a la puerta para devolverme el pasaporte, me encontró totalmente vestido y ya dispuesto para la última parada del tren.
—No ha desayunado usted. Si quiere un café todavía le da tiempo. Vamos con un cuarto de hora de retraso.
—No, muchas gracias. Prefiero esperar a llegar a mi casa. Tengo ganas de un café preparado por mi cafetera. Después de tantos días fuera, uno prefiere encontrarse cuanto antes con la rutina.
Asintió con una mueca que intentaba ser una sonrisa y se encaminó al siguiente compartimento con otro pasaporte en la mano. Era el de ellas. Pasó de largo y llamó al que estaba a continuación. Una mano que surgía de la manga de un pijama recogió la documentación mientras escuchaba la misma cantinela que yo hace unos instantes. Continuó hacia el final del pasillo.
—¡Perdone!
El interventor volvió la cabeza.
—La señora y el perro que estaban en este compartimento —señalé al contiguo al mío—, ¿se han bajado en alguna estación del camino?
La expresión de extrañeza de su cara fue seguida de unas parcas palabras.
—En ese departamento no ha viajado nadie, señor.
El tren paró cuarenta minutos más tarde. Me coloqué la chaqueta y comencé a rodar la maleta. Tenía que atravesar el pasillo hasta la salida. Me detuve en su puerta. Acerqué el oído. No se oía nada. Moví el pomo. Cerrado. Fue cuando me llegó aquel mudo ladrido del interior de su compartimento.

Bajé al andén. Fuera ya de la estación, me dirigí a la parada de taxis. Me situé detrás de una chica que, nerviosa, no perdía ni un segundo de vista el reloj que ocultaba su muñeca izquierda. Inspiré profundamente en el momento que vino hacia mí una espesa bocanada de aire contaminado. Intenté vaciar mis pulmones lo más rápido posible. Observé cómo las nubes pretendían esconder el cielo que de nuevo me daba cobijo, y sonreí.  Un aromático café me estaba esperando en casa.

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