EL RELOJ DE LA TORRE DE LA
ESTACIÓN
Si mi
zancada hubiese sido un poco más amplia me habría aplastado la cabeza. Lo vi
pasar a escasos centímetros de mi nariz y lo seguí con la mirada hasta que
impactó en el suelo y se rompió en mil pedazos que, como la metralla, se
esparcieron por toda la acera y chocaron contra mis espinillas. Algunos
rasguños y un leve escozor, rápidamente aliviado por el ligero roce de las
yemas de mis dedos sobre ellos, me hicieron pensar que ojalá no estuviésemos en
verano para haber podido llevar las piernas convenientemente escondidas tras mi
pantalón de pana. Me quedé observando los escasos restos del proyectil de
cemento, eso me había parecido, que quedaban sobre el suelo: el más grande no
pasaba de medir más de dos centímetros de largo por uno de ancho, pero si mi
cabeza lo hubiese parado íntegro, estaba seguro de que tendría una brecha
bastante importante adornándola. Miré la fachada del edificio que lo había
escupido y distinguí el hueco que parecía haberlo cobijado hasta hace unos
instantes. Pasado el susto, no le di la importancia al suceso que más tarde
comprendí que tenía y continué mi camino hacia la boca del Metro.
Ahora
no recuerdo bien los acontecimientos de los días siguientes -hace tanto tiempo-
aunque sí tengo presente la sensación de caminar por unas aceras extremadamente
limpias, ni un solo papel, ni una sola colilla, ni un solo desperdicio se
encontraba sobre ellas. Sí recuerdo el polvillo que la suela de los zapatos
identificaba perfectamente y también las
fachadas de los edificios que parecían atacadas por la enfermedad de la lepra.
Sucedió
muy rápido. Aquella mañana salí del portal y contemplé algo que me sorprendió:
los andamios cubrían casi por completo los frentes de los edificios. No sabría
decir cuántos obreros, con casco amarillo y mono azul, trabajaban a destajo
para acabar ese cuadro en movimiento que presenciaban mis ojos. Éramos pocos
los que a esa temprana hora de la mañana, recién salido el sol, caminábamos por
el centro de la calzada. Las aceras apenas existían ocupadas por las bases de
los andamiajes y sorteábamos los escasos coches que circulaban por ella. Llegué
al final de la calle y divisé el edificio de la Estación de Ferrocarril, al
otro lado de la gran plaza, tapado en su totalidad por aquellos forjados
metálicos. Solo quedaba al descubierto la torre con el reloj, al fondo. Volví
la vista sobre la calle y me fijé en los hombres de casco amarillo que solo
dejaban al descubierto las facciones de
su cara, unas facciones siniestras, que no reflejaban humanidad. Y fue cuando surgió,
de las alcantarillas que flanqueaban las aceras, un ejército de hombres mínimos,
también con casco amarillo y mono azul, que no levantaban del suelo más allá de
diez centímetros. Se dirigieron con celeridad hacia nosotros, los pocos
transeúntes que pisábamos las calles. Transportaban en carros de juguete
andamios en miniatura. Sin poder reaccionar fueron clavándonos al suelo con
unos extraños artilugios. Cuando quise darme cuenta el andamiaje me llegaba
hasta la cintura y me habían pegado los brazos al cuerpo con finas cuerdas,
finas pero muy fuertes. Ya me llegaba el
andamio por el cuello y los coches que hasta hace un momento rodaban por el
asfalto estaban parados, con las puertas abiertas y sin sus ocupantes en el
interior, les habían arrojado fuera de ellos; algunos estaban completamente
tapados por las armaduras de metal y otros, como yo, con las pasarelas
metálicas a punto de esconder los ojos. Lo último que vi, antes de que me
cubrieran por completo, fue cómo retiraban las agujas del reloj de la torre de
la Estación. Una lona negra acabó por sumergirme en esta completa oscuridad en
la que sigo. No sé cuánto llevo así, ni sé por qué aún estoy vivo, si es que lo
estoy. Tampoco sé si hay alguien conmigo, alrededor. Cuando cesaron los sonidos
metálicos me hundí en un completo vacío, un profundo silencio lo llenó todo.
Los pájaros del cercano parque abandonaron sus cantos. Nada. Ni siquiera el
viento mueve la lona que me esconde. Pero… ¿Qué es eso? Quizá sea producto de
mi imaginación, lo único que ha seguido vivo durante este tiempo, creo sentir
un mínimo punto de calor, de luz solar, como si un fino alfiler dorado
atravesase la lona y me pinchase la sien. Tanta oscuridad, tanto silencio, me
han debido trastornar. ¡Sí! ¡He notado un ligero viento mover esta negra tela
de muerte! ¡Oh, Dios! ¡El cielo! ¡Mis ojos parece que quieren distinguir el
olvidado azul celeste!
El
diminuto hombre de mono azul que se mueve por encima de mis cejas acaba de
soltar la lona que, poco a poco, va cayendo a mis pies y me permite ver a
aquella mujer que apenas comienza a caminar. Y el reloj de la torre me señala
la hora, altivo, insinuante, a un lado de la reluciente fachada de la Estación,
ya liberada de su metálica armadura.
¡Qué angustia me has hecho sentir!!! Con lo claustrofóbica que soy... Imaginándome la escena... Uff..
ResponderSuprimirBesotes!!!
¡No era la intención de Julio, Margari! ¿O sí? ¡Este Julio! Bueno, tú quédate con que al final has vuelto a ver el cielo.
ResponderSuprimir¡Besazos!
Un Relato con una fantasía desbordante. Los hombrecillos pequeños con caso amrarillo y mono azul que paralizan una ciudad entera. Al final sacan el telón y se observa una mujer y el reloj con su fachada deslumbrante.
ResponderSuprimirY es que con tantas obras realizadas, en un tiempo determinado, en Madrid y otras ciudades acaba por originar pesadillas y sueños que dan como resultado este maravilloso relato que, hoy, nos has ofrecido.
Un abrazo, Román.
A veces Julio sale a la calle y se queda impresionado por las cosas que le ocurren y no tiene más remedio que contarlo...
Suprimir¡Gracias por tu comentario, Pedro Luis, y un abrazo!
Mañana, cuando pase, como todos los días, por delante de la artística y decimonónica marquesina de la Estación de Atocha (semi-oculta desde hace meses por uno de esos horripilantes andamios que ahogan a Julio) miraré a la cercana torre del reloj... ¡y se me pondrán los pelos de punta! Muásss.
ResponderSuprimirHermana, no pases muy cerca de la torre. A ver si van a estar descolgando las agujas y te cae una en la cabeza.
Suprimir¡Muases de parte de Julio!
¡Tengo una foto de los hombrecillos y creo que están sufriendo una metamorfosis hacia el amarillo total! Ya te la mandaré. Muásss
SuprimirEn cuanto ha leído esto Julio se ha escondido en el baño y ha echado el pestillo. Ya veremos si sale mañana.
SuprimirMuases de mi parte, porque a Julio no se le oye ni respirar...
Pues dile de mi parte que siga quietecito porque Atocha continua invadida por monos azules, cascos amarillos y negras telas metálicas. Muás.
SuprimirA mi me recuerda a esas series de la tv en las que resulta que al final todo ha sido un sueño, solo que con Julio lo que descubrimos es que en realidad no somos mas que autómatas manejados por hombrecillos con mono y casco que deciden cuando pararnos y enfurdarnos para repararnos o remozarnos y volver a ponernos en marcha cuando les da la gana. ¡Terrorífico!
ResponderSuprimirBesos
¡Ay Paloma! Que me da que tú y Julio habéis salido algún día juntos a la calle. Te puedo asegurar que Julio no sueña... ¿Eso es malo? Venga, no nos pongamos así, te digo como a Margari, al final Julio ve el cielo azul, ¿no?
Suprimir¡No sabes la ilusión que me hace que seas tan fiel pasándote por aquí! Y a Julio no te digo nada...
¡Besazos!
¡Buen alarde de imaginación! O mejor dicho: ¡de angustiosa imaginación! Qué sensación de impotencia. ¿Imaginas que algo así ocurriera cualquier día? Uff.
ResponderSuprimirBesos.
Yo, por si acaso, sigo los consejos que me da Julio: siempre miro las alcantarillas cuando voy por la calle. El otro día vi un casco amarillo sobre la tapa de una de ellas ¡y me lleve un susto! Pero era de un Playmobil...
Suprimir¡Gracias por tu comentario y un besazo, Pilar!
No se por que leyendo tu relato, me a venido a la imaginación "la cabina" dios, que angustia, menuda imaginación que tienes, es como en esa peli, que está vivo el tío pero nadie lo sabe, y se está enterando de todo lo que pasa a su alrededor. Gracias por este ratito. un abrazo, Feliz finde.
ResponderSuprimirPues sí, la verdad es que Julio podría haber compartido la cabina con el gran José Luis López Vázquez, porque le pasan unas cosas... Oye, que no sabes el honor que es para mí que te acuerdes de esa gran obra de la televisión leyendo el relato de mi Julio. ¡Y gracias a ti por el comentario, Jota!
SuprimirMe gusta mucho. Saludos!
ResponderSuprimir¡Muchas gracias, Emy!
Suprimir¡Hola! Muchas gracias por pasar por mi blog. Coincido contigo en la opinión sobre Margari ^^ Ahora soy yo la que está sin internet ¬¬ pero de momento que lo arregle, pasaré a cotillear tu blog con calma.
ResponderSuprimir¡Un besito!
Gracias a ti por devolver la visita. Es que Margari es mucho, ¿verdad? Lo de los operadores de internet es una vergüenza, pero como no les ponen firmes así seguimos, aguantando su incompetencia y su cara dura. En fin, que sea rapidito. Y estaré encantado de que te pases a cotillear por mi blog en cuanto puedas. ¡Todo tuyo!
Suprimir¡Un besazo!
Estos hombrecillos de Julio va a tener que vigilarlos. Leí una vez de un señor que amaestró a los suyos para que lo ayudaran en las tareas, en cambio al pobre Julio casi lo ahogan en una claustrofóbica lona.
ResponderSuprimirEso sí, conseguiste que al fina, todos respirásemos con él.
Fantástico relato.
Besos
Es que Julio me da unos disgustos. Mira que le he dicho que no se meta en líos. Aunque, pobre, si no los busca...
ResponderSuprimir¡Gracias por tu comentario y un besazo!
Es la una menos diez del Lunes,ya me iba a dormir, pero antes he querido leer tu relato, ya que me habia quedado sola y tranquila. ¡¡ERROR!!Creo que esta noche voy a soñar con hombrecillos inmovilizandome. La proxima vez,avisanos que lo leamos de dia, besos.Silvia
ResponderSuprimir¡Espero que tus negros presagios no se hayan hecho realidad! Seguro que has soñado con pequeños camareros que te llevaban exquisitos manjares mientras tú contemplabas las tranquilas olas de un paradisíaco paisaje. ¿Has perdonado ya a Julio? Venga, si lo hace con la mejor intención.
Suprimir¡Gracias, Silvia, por pasarte por aquí y un besazo!
Es un placer leerte!!!!
ResponderSuprimir¡Gracias! He pasado un ratito a ver tu blog y me ha encantado. En cuanto pueda le dedico algo más de tiempo y algún comentario. Y cuando quieras aquí tienes este espacio para conversar. Es una sensación maravillosa que la distancia en kilómetros se quede reducida a nada con las palabras que escribimos y, si como tú, también aprovechamos la voz y la música, esa sensación se acrecienta aún más.
Suprimir¡Un besazo!
Efectivamente tu no utilizas la palabra, pero es evidente que ella se forma de forma espontánea en nuestras cabezas porque somos unos cuantos los que la hemos utilizado en nuestros comentarios. ¡Lanzas tus palabras al universo y cada uno las recoge como se le antoja!
ResponderSuprimirBesos.
¡Hombre, Paloma, repe! ¡Qué bien! Si es que tengo unos lectores seguidores muy inteligentes. Tengo la mitad del camino recorrido...
Suprimir¡Un besazo!
Hermano ¿vigilas bien a Julio? Hoy no había ni rastro de pequeños hombres por los alrededores de la estación...
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