jueves, 23 de febrero de 2012

LAS VIDAS DE JULIO

EL RELOJ DE LA TORRE DE LA ESTACIÓN



Si mi zancada hubiese sido un poco más amplia me habría aplastado la cabeza. Lo vi pasar a escasos centímetros de mi nariz y lo seguí con la mirada hasta que impactó en el suelo y se rompió en mil pedazos que, como la metralla, se esparcieron por toda la acera y chocaron contra mis espinillas. Algunos rasguños y un leve escozor, rápidamente aliviado por el ligero roce de las yemas de mis dedos sobre ellos, me hicieron pensar que ojalá no estuviésemos en verano para haber podido llevar las piernas convenientemente escondidas tras mi pantalón de pana. Me quedé observando los escasos restos del proyectil de cemento, eso me había parecido, que quedaban sobre el suelo: el más grande no pasaba de medir más de dos centímetros de largo por uno de ancho, pero si mi cabeza lo hubiese parado íntegro, estaba seguro de que tendría una brecha bastante importante adornándola. Miré la fachada del edificio que lo había escupido y distinguí el hueco que parecía haberlo cobijado hasta hace unos instantes. Pasado el susto, no le di la importancia al suceso que más tarde comprendí que tenía y continué mi camino hacia la boca del Metro.
Ahora no recuerdo bien los acontecimientos de los días siguientes  -hace tanto tiempo- aunque sí tengo presente la sensación de caminar por unas aceras extremadamente limpias, ni un solo papel, ni una sola colilla, ni un solo desperdicio se encontraba sobre ellas. Sí recuerdo el polvillo que la suela de los zapatos identificaba perfectamente y  también las fachadas de los edificios que parecían atacadas por la enfermedad de la lepra.
Sucedió muy rápido. Aquella mañana salí del portal y contemplé algo que me sorprendió: los andamios cubrían casi por completo los frentes de los edificios. No sabría decir cuántos obreros, con casco amarillo y mono azul, trabajaban a destajo para acabar ese cuadro en movimiento que presenciaban mis ojos. Éramos pocos los que a esa temprana hora de la mañana, recién salido el sol, caminábamos por el centro de la calzada. Las aceras apenas existían ocupadas por las bases de los andamiajes y sorteábamos los escasos coches que circulaban por ella. Llegué al final de la calle y divisé el edificio de la Estación de Ferrocarril, al otro lado de la gran plaza, tapado en su totalidad por aquellos forjados metálicos. Solo quedaba al descubierto la torre con el reloj, al fondo. Volví la vista sobre la calle y me fijé en los hombres de casco amarillo que solo dejaban al descubierto  las facciones de su cara, unas facciones siniestras, que no reflejaban humanidad. Y fue cuando surgió, de las alcantarillas que flanqueaban las aceras, un ejército de hombres mínimos, también con casco amarillo y mono azul, que no levantaban del suelo más allá de diez centímetros. Se dirigieron con celeridad hacia nosotros, los pocos transeúntes que pisábamos las calles. Transportaban en carros de juguete andamios en miniatura. Sin poder reaccionar fueron clavándonos al suelo con unos extraños artilugios. Cuando quise darme cuenta el andamiaje me llegaba hasta la cintura y me habían pegado los brazos al cuerpo con finas cuerdas, finas  pero muy fuertes. Ya me llegaba el andamio por el cuello y los coches que hasta hace un momento rodaban por el asfalto estaban parados, con las puertas abiertas y sin sus ocupantes en el interior, les habían arrojado fuera de ellos; algunos estaban completamente tapados por las armaduras de metal y otros, como yo, con las pasarelas metálicas a punto de esconder los ojos. Lo último que vi, antes de que me cubrieran por completo, fue cómo retiraban las agujas del reloj de la torre de la Estación. Una lona negra acabó por sumergirme en esta completa oscuridad en la que sigo. No sé cuánto llevo así, ni sé por qué aún estoy vivo, si es que lo estoy. Tampoco sé si hay alguien conmigo, alrededor. Cuando cesaron los sonidos metálicos me hundí en un completo vacío, un profundo silencio lo llenó todo. Los pájaros del cercano parque abandonaron sus cantos. Nada. Ni siquiera el viento mueve la lona que me esconde. Pero… ¿Qué es eso? Quizá sea producto de mi imaginación, lo único que ha seguido vivo durante este tiempo, creo sentir un mínimo punto de calor, de luz solar, como si un fino alfiler dorado atravesase la lona y me pinchase la sien. Tanta oscuridad, tanto silencio, me han debido trastornar. ¡Sí! ¡He notado un ligero viento mover esta negra tela de muerte! ¡Oh, Dios! ¡El cielo! ¡Mis ojos parece que quieren distinguir el olvidado azul celeste!
El diminuto hombre de mono azul que se mueve por encima de mis cejas acaba de soltar la lona que, poco a poco, va cayendo a mis pies y me permite ver a aquella mujer que apenas comienza a caminar. Y el reloj de la torre me señala la hora, altivo, insinuante, a un lado de la reluciente fachada de la Estación, ya liberada de su metálica armadura.

28 comentarios:

  1. ¡Qué angustia me has hecho sentir!!! Con lo claustrofóbica que soy... Imaginándome la escena... Uff..
    Besotes!!!

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  2. ¡No era la intención de Julio, Margari! ¿O sí? ¡Este Julio! Bueno, tú quédate con que al final has vuelto a ver el cielo.
    ¡Besazos!

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  3. Un Relato con una fantasía desbordante. Los hombrecillos pequeños con caso amrarillo y mono azul que paralizan una ciudad entera. Al final sacan el telón y se observa una mujer y el reloj con su fachada deslumbrante.
    Y es que con tantas obras realizadas, en un tiempo determinado, en Madrid y otras ciudades acaba por originar pesadillas y sueños que dan como resultado este maravilloso relato que, hoy, nos has ofrecido.
    Un abrazo, Román.

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    1. A veces Julio sale a la calle y se queda impresionado por las cosas que le ocurren y no tiene más remedio que contarlo...
      ¡Gracias por tu comentario, Pedro Luis, y un abrazo!

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  4. Mañana, cuando pase, como todos los días, por delante de la artística y decimonónica marquesina de la Estación de Atocha (semi-oculta desde hace meses por uno de esos horripilantes andamios que ahogan a Julio) miraré a la cercana torre del reloj... ¡y se me pondrán los pelos de punta! Muásss.

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    1. Hermana, no pases muy cerca de la torre. A ver si van a estar descolgando las agujas y te cae una en la cabeza.
      ¡Muases de parte de Julio!

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    2. ¡Tengo una foto de los hombrecillos y creo que están sufriendo una metamorfosis hacia el amarillo total! Ya te la mandaré. Muásss

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    3. En cuanto ha leído esto Julio se ha escondido en el baño y ha echado el pestillo. Ya veremos si sale mañana.
      Muases de mi parte, porque a Julio no se le oye ni respirar...

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    4. Pues dile de mi parte que siga quietecito porque Atocha continua invadida por monos azules, cascos amarillos y negras telas metálicas. Muás.

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  5. A mi me recuerda a esas series de la tv en las que resulta que al final todo ha sido un sueño, solo que con Julio lo que descubrimos es que en realidad no somos mas que autómatas manejados por hombrecillos con mono y casco que deciden cuando pararnos y enfurdarnos para repararnos o remozarnos y volver a ponernos en marcha cuando les da la gana. ¡Terrorífico!
    Besos

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    1. ¡Ay Paloma! Que me da que tú y Julio habéis salido algún día juntos a la calle. Te puedo asegurar que Julio no sueña... ¿Eso es malo? Venga, no nos pongamos así, te digo como a Margari, al final Julio ve el cielo azul, ¿no?
      ¡No sabes la ilusión que me hace que seas tan fiel pasándote por aquí! Y a Julio no te digo nada...
      ¡Besazos!

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  6. ¡Buen alarde de imaginación! O mejor dicho: ¡de angustiosa imaginación! Qué sensación de impotencia. ¿Imaginas que algo así ocurriera cualquier día? Uff.
    Besos.

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    1. Yo, por si acaso, sigo los consejos que me da Julio: siempre miro las alcantarillas cuando voy por la calle. El otro día vi un casco amarillo sobre la tapa de una de ellas ¡y me lleve un susto! Pero era de un Playmobil...
      ¡Gracias por tu comentario y un besazo, Pilar!

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  7. No se por que leyendo tu relato, me a venido a la imaginación "la cabina" dios, que angustia, menuda imaginación que tienes, es como en esa peli, que está vivo el tío pero nadie lo sabe, y se está enterando de todo lo que pasa a su alrededor. Gracias por este ratito. un abrazo, Feliz finde.

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    1. Pues sí, la verdad es que Julio podría haber compartido la cabina con el gran José Luis López Vázquez, porque le pasan unas cosas... Oye, que no sabes el honor que es para mí que te acuerdes de esa gran obra de la televisión leyendo el relato de mi Julio. ¡Y gracias a ti por el comentario, Jota!

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  8. ¡Hola! Muchas gracias por pasar por mi blog. Coincido contigo en la opinión sobre Margari ^^ Ahora soy yo la que está sin internet ¬¬ pero de momento que lo arregle, pasaré a cotillear tu blog con calma.
    ¡Un besito!

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    1. Gracias a ti por devolver la visita. Es que Margari es mucho, ¿verdad? Lo de los operadores de internet es una vergüenza, pero como no les ponen firmes así seguimos, aguantando su incompetencia y su cara dura. En fin, que sea rapidito. Y estaré encantado de que te pases a cotillear por mi blog en cuanto puedas. ¡Todo tuyo!
      ¡Un besazo!

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  9. Estos hombrecillos de Julio va a tener que vigilarlos. Leí una vez de un señor que amaestró a los suyos para que lo ayudaran en las tareas, en cambio al pobre Julio casi lo ahogan en una claustrofóbica lona.
    Eso sí, conseguiste que al fina, todos respirásemos con él.
    Fantástico relato.
    Besos

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  10. Es que Julio me da unos disgustos. Mira que le he dicho que no se meta en líos. Aunque, pobre, si no los busca...
    ¡Gracias por tu comentario y un besazo!

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  11. Es la una menos diez del Lunes,ya me iba a dormir, pero antes he querido leer tu relato, ya que me habia quedado sola y tranquila. ¡¡ERROR!!Creo que esta noche voy a soñar con hombrecillos inmovilizandome. La proxima vez,avisanos que lo leamos de dia, besos.Silvia

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    1. ¡Espero que tus negros presagios no se hayan hecho realidad! Seguro que has soñado con pequeños camareros que te llevaban exquisitos manjares mientras tú contemplabas las tranquilas olas de un paradisíaco paisaje. ¿Has perdonado ya a Julio? Venga, si lo hace con la mejor intención.
      ¡Gracias, Silvia, por pasarte por aquí y un besazo!

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    1. ¡Gracias! He pasado un ratito a ver tu blog y me ha encantado. En cuanto pueda le dedico algo más de tiempo y algún comentario. Y cuando quieras aquí tienes este espacio para conversar. Es una sensación maravillosa que la distancia en kilómetros se quede reducida a nada con las palabras que escribimos y, si como tú, también aprovechamos la voz y la música, esa sensación se acrecienta aún más.
      ¡Un besazo!

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  13. Efectivamente tu no utilizas la palabra, pero es evidente que ella se forma de forma espontánea en nuestras cabezas porque somos unos cuantos los que la hemos utilizado en nuestros comentarios. ¡Lanzas tus palabras al universo y cada uno las recoge como se le antoja!
    Besos.

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    1. ¡Hombre, Paloma, repe! ¡Qué bien! Si es que tengo unos lectores seguidores muy inteligentes. Tengo la mitad del camino recorrido...
      ¡Un besazo!

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  14. Hermano ¿vigilas bien a Julio? Hoy no había ni rastro de pequeños hombres por los alrededores de la estación...

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